LAS NAVIDADES DE PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN EN ROMA HACE 160 AÑOS


Por Juan Antonio Yeves Andrés

Después de su participación como soldado y «cronista» en la Guerra de África, Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) regresó a Madrid el 28 de marzo de 1860. Aquel mismo año, como recuerda en sus Viajes por España, estuvo en mayo tres días en Aranjuez y en junio quince en El Escorial, entre «códices y sepulcros». Hizo otro viaje exprofeso para observar el eclipse que tuvo lugar el día 18 de julio «desde las veneradas ruinas de Sagunto, o sea desde lo alto del castillo de Murviedro», donde con algunos escritores valencianos establecieron su «observatorio poético, ganosos de experimentar en el momento solemne todas las emociones dramáticas y religiosas de la inocencia o de la ignorancia». De este viaje queda como recuerdo una poesía de Wenceslao W. Querol, dedicada a Alarcón, que publicó en El Museo Universal, el 5 de agosto de 1860. Durante algunos días estuvo en el Real Sitio de San Ildefonso, en La Granja, al parecer para preparar las últimas entregas del Diario de un testigo de la Guerra de África y, finalmente, el 29 de agosto inició uno más largo ―«artístico y poético»― partiendo desde Madrid en tren-correo a Valencia, en el vapor Philippe-Auguste a Marsella, donde desembarcó el 1 de septiembre, y en tren exprés a París.

Como vemos en el número de La Época, del día 31 de agosto de 1860, donde deseaban «mil felicidades al popular poeta», tenía previsto quedarse «pocos días en la capital del vecino imperio» y pasar después a Inglaterra, Escocia, Bélgica, Alemania, Suiza e Italia. No se cumplió el itinerario previsto, pues permaneció mes y medio en París, dejándose «llevar por el acaso». El viaje realizado, de «recreo», es el que figura en su obra De Madrid a Nápoles y, como consta en la portada de la primera edición de la obra, pasó por París, Ginebra, el Mont-Blanc, El Simplón, El Lago Mayor, Turín, Pavía, Milán, El Cuadrilátero ―Verona, Mantua, Peschera y Legnano―, Venecia, Bolonia, Módena, Parma, Génova, Pisa, Florencia, Roma y Gaeta.

Sabemos que regresó a Madrid el 11 de febrero de 1861, pero ahora queremos recordar su estancia durante las fiestas navideñas en Roma, pues allí estuvo desde el 22 de diciembre de 1860 ―cuando llegó acompañado de su amigo José del Saz Caballero que viajaba con Jussuf, un marroquí que le asistía y que había conocido durante la Guerra de África― hasta el 8 de enero de 1861, fecha en la que Alarcón, Caballero, Jussuf y el pintor Dióscoro Teófilo Puebla salieron hacia Nápoles.

Cinco años antes había escrito «La Nochebuena del poeta», en 1858 los «Episodios de Nochebuena» y en 1859 «La Nochebuena del soldado». En estos textos anteriores y también en «La Nochebuena en Roma», que escribió el 24 de diciembre de 1860, en su obra De Madrid a Nápoles, evoca «los tranquilos días de la niñez, las dulzuras del hogar paterno y tantos años perdidos en la vanidad de efímeros placeres» en fecha tan señalada.

Para mí es esta la más santa efeméride de la vida; un religioso aniversario que celebran todos mis afectos en el ara de la memoria; la fecha en que recapitulo mi pasado, desando mis años uno a uno, evoco a mis muertos queridos, busco con la imaginación a mi familia y vivo mentalmente en  su amoroso seno; la fecha también en que dirijo al porvenir una inquieta mirada, queriendo descubrir entre las vagas sombras de los años futuros la fórmula de mi destino, mi familia venidera, la desconocida que ha de ser mi esposa, los seres que serán mis hijos, la casa que presenciará mis patriarcales goces de la vejez, la tumba que recogerá mi cadáver…

Altobelli y Molins, Pedro Antonio de Alarcón. Fotografía. Roma, hacia 1860. Colección particular.

No es posible mantener con precisión una cronología de la estancia de Alarcón en Roma a finales de 1860 y comienzos de 1861, aunque hay algunas fechas registradas en su libro De Madrid a Nápoles: llegó el día 22 de diciembre, se hospedó en el Hotel d’Europe y aquel mismo día, por la noche, estuvo en el Coliseo; el 23 visitó la Basílica de San Pedro en el Vaticano y también el Café Greco, punto de reunión de los artistas y escritores españoles; el 24, día de Nochebuena, anduvo por la vieja Roma y acudió por la noche a la Basílica de Santa María la Mayor con la intención de asistir a la Misa de Gallo aunque, finalmente, regresó al hotel; el 25 estuvo en la Misa de Pascua en San Pedro, celebrada de pontifical por Pío IX (1792-1878); y el 31 fue a la Piazza del Gesu, donde se esperaba al Santo Padre para cantar un solemne Te Deum en la iglesia de los jesuitas y cenó en la Trattoria de Lepre con los españoles que acudían al Café Greco, reunidos para «despedir el año de 1860 y saludar el de 1861». El 2 de enero de 1861 fue recibido en audiencia por el Papa Pío IX durante media hora, desde que el Papa pronunció sus primeras palabras «Benedicat te Dominus» hasta que le despidió con el más español de nuestros saludos «Vaya usted con Dios». Sin duda fue el encuentro más emotivo y memorable del viaje: «El conjunto de aquella figura, su albo ropaje talar, la mansedumbre de su actitud, su aire tranquilo, natural y franco, la modestia de la habitación … todo respiraba paz, humildad y ternura». Alarcón, además, hizo un retrato del Papa que coincide con la imagen que conservó en sus álbumes de fotografías:  

Pio IX tiene sesenta y nueve años: es alto y fuerte: su apostura revela a un tiempo cierta marcial franqueza y una infinita humildad apostólica. En su semblante, verdaderamente hermoso, resplandecen la serenidad y la alegría. A la viveza de sus ojos se contrapone la pacífica bondad de su boca, que no deja de sonreír. A pesar de su avanzada edad, brilla en su frente un destello de juventud, y según pude ver más adelante, este venerable anciano, de quien se ha dicho tantas veces que está vecino al sepulcro, conserva la agilidad y el fuego de sus mejores años.

Disderi, Pio IX. Fotografía. París, hacia 1860. Biblioteca Lázaro Galdiano, RB 21572-2.

Y en aquellos últimos días de diciembre y primeros de enero visitó museos, edificios históricos y algunas de las numerosas iglesias existentes en la Ciudad Eterna. En la Galería Doria Panfili vio el retrato realizado por Velázquez de Inocencio XI, como «resucitado, con su carácter violento, con su férrea virtud, con su austeridad, tal como era […] cuadro, que en verdad, en verdad, infunde miedo». En la iglesia de San Pietro in Vincoli pudo contemplar el Moisés de Miguel Ángel donde tuvo, con toda su viveza, «la impresión de respeto, de veneración y de susto» la misma que sintió cuando leyó «por primera vez el Pentateuco […] ¡Cuánta grandeza, cuánta inspiración en aquella colosal figura!». El lugar que más le impresionó fue «la catedral del mundo», la Basílica de San Pedro: «Ni el Escorial, ni la Catedral de Milán, ni la Cartuja de Pavía me impusieron, me anonadaron tanto. ¡Cuánta grandeza y cuanta magnitud reunidas! ¡Cuánta riqueza y cuanto arte al mismo tiempo! ¡Qué armonía, que hermosura, que sublimidad!».

Por su obra De Madrid a Nápoles, sabemos que se estuvo con los escritores y artistas españoles, como ya se ha dicho, el 23 en el Café Greco y el 31 en la Trattoria de Lepre, pero pudieron repetirse estos encuentros, pues Amós Escalante da cuenta en Del Ebro al Tíber de una visita nocturna por Roma, después de salir del Café Greco, cuando Pedro Antonio de Alarcón, Fernando Fernández de Velasco y Amós Escalante llegaron hasta el Coliseo: «¡Cuándo hubiéramos encontrado noche de tanta belleza y poesía en que a par la luna iluminase el paisaje con su luz melancólica, y le animase el viento con su voz fantástica y tempestuosa!». También estuvieron otro día juntos, casi todos, en el estudio fotográfico de Gioacchino Altobelli (1825-1878) y Pompeo Molins (1827-1893) en vía de la Fontanella Borghese, número 46, pues queda como testimonio una imagen histórica, que dio a conocer Enrique Pardo Canalís en 1979 reproduciendo la copia que había pertenecido a Alarcón. No sabemos dónde se encuentra aquella fotografía, pero, por fortuna, contamos con otra, la que perteneció a Dióscoro Teófilo Puebla. En la imagen Pedro Antonio de Alarcón se halla a la derecha, de medio lado, casi de espaldas, con chistera y levita.

 

Altobelli y Molins, Vicente Palmaroli, Dióscoro Teófilo Puebla (sentado), Mariano Soriano Fuertes, Fernando Fernández de Velasco, Pompeo Molins (sentado en el suelo), Amós de Escalante (sentado), José del Saz Caballero (recostado), Ramón Pujols, Juan Figueras, José de Vilches y Pedro Antonio de Alarcón. Fotografía. Roma, 1861. Colección José Antonio Torcida.

Algunos de los que aparecen en la fotografía entregaron a Alarcón sus cartes de visite, de aquel mismo estudio o de otros, y él las conservó en sus álbumes. En la relación que sigue, vamos a mantener el orden que se observa en la fotografía de grupo.

El pintor Vicente Palmaroli (1834-1896) estudió en la Academia de San Fernando y ocupó la plaza de litógrafo del Museo del Prado. Se trasladó a Italia en 1857 para continuar su formación y en 1872 fue nombrado académico de San Fernando. Se instaló durante diez años en París, después estuvo en Roma al frente de la Academia de España y, finalmente, ocupó el puesto de director del Museo del Prado desde 1895 hasta su muerte. La fotografía tiene una dedicatoria: «Al Sr. D. Pedro Antonio de Alarcón su afmo. amigo Vicente Palmaroli y González [rúbrica]. Roma, Marzo 1861».

Dióscoro Teófilo Puebla (18311901), que destacó como pintor de historia, fue el autor de un retrato de Paulina Contreras, esposa de Alarcón. En 1865 ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid y dirigió la Escuela Especial de Dibujo, Pintura y Grabado. Alarcón, que le mencionaba en 1861 como «pintor de gran porvenir», mantuvo una estrecha amistad él y le dedicó sus Novelas cortas: narraciones inverosímiles, en 1882: «A ti, mi querido artista; al noble pintor de El descubrimiento de América; a mi bondadoso cicerone en Roma; a mi paciente compañero de viaje en Nápoles y Pompeya…».

Altobelli y Molins, Vicente Palmaroli. Fotografía. Roma, hacia 1860. Biblioteca Lázaro Galdiano, RB 21572-21.
Altobelli y Molins, Dióscoro Teófilo Puebla. Fotografía. Roma, hacia 1860. Biblioteca Lázaro Galdiano, RB 24191-13.

Al compositor, profesor de música y musicógrafo Mariano Soriano Fuentes (1817-1880) se le recuerda por algunas zarzuelas populares pero también fundó la revista La Iberia Musical y Literaria, dirigió la Gaceta musical barcelonesa y, además, fue director de música del Liceo de Córdoba, del Teatro de San Fernando Sevilla, del Gran Teatro del Liceo de Barcelona, y del Conservatorio en Madrid. En la fotografía escribió la siguiente dedicatoria: «A mi amigo Alarcón. Roma, 8 de Enero de 1861. Soriano Fuertes [rúbrica]».

El agregado cultural Fernando Fernández de Velasco (1835-1912) había estudiado Leyes y Jurisprudencia en la Universidad Central de Madrid. Reunió una gran biblioteca en su palacio de Villacarriedo (Cantabria) y mantuvo amistad con Menéndez Pelayo y José María de Pereda. Según Alarcón era una «persona de gran instrucción e ingenio».

Mariano Soriano Fuertes. Fotografía. Roma, hacia 1860. Biblioteca Lázaro Galdiano, RB 21572-22.
Altobelli y Molins, Fernando Fernández de Velasco. Fotografía. Roma, hacia 1860. Biblioteca Lázaro Galdiano, RB 21572-20.

El escritor Amós Escalante (1831-1902), hermano de Alarcón «en Apolo (menos esquivo con él que conmigo)», cultivó con éxito la poesía, la novela histórica y los libros de viajes: algunas de sus obras más conocidas son Del Manzanares al Darro y Del Ebro al Tíber.

José del Saz Caballero, amigo y compañero de viaje en Roma, era empresario teatral. Estuvo con Alarcón en la guerra de África y se encontró de nuevo con él e hicieron juntos una parte del viaje De Madrid a Nápoles.

Amós de Escalante. Fotografía. Roma, hacia 1860. Biblioteca Lázaro Galdiano, RB 21573-69.
Disderi, José del Saz Caballero. Fotografía. Roma, hacia 1860. Biblioteca Lázaro Galdiano, RB 21573-184.

Ramón Pujols ocupaba el puesto de capellán de la Iglesia de Santa María de Montserrat de los Españoles en Roma cuando Alarcón realizó el viaje. En la fotografía anotó la siguiente dedicatoria: «Al amigo Sr. de Alarcón. Ramon Pujols [rúbrica]». 

José de Vilches fue nombrado escultor supernumerario de la Cámara de la reina Isabel II en 1840, ocupó la Cátedra de modelado de la Escuela de Bellas Artes de Cádiz en 1842 e ingresó en la Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1846. Fijó su residencia en Roma, donde se le nombró director de la Academia en 1865. Desempeñó cargos diplomáticos y falleció en 1890 cuando estaba destinado en Saigón, como cónsul de España. Vilches también le dedicó la fotografía: «Mi amigo Alarcón. Roma 7 enero 1861».

Altobelli y Molins, Ramón Pujols. Fotografía. Roma, hacia 1860. Biblioteca Lázaro Galdiano, RB 21572-18.
Altobelli y Molins, José de Vilches. Fotografía. Roma, hacia 1860. Biblioteca Lázaro Galdiano, RB 21572-16.

En sus álbumes de fotografías encontramos, además, otros personajes con los que estuvo en aquellas fechas en Roma.

Con la reina madre de España, doña María Cristina de Borbón y con su esposo Agustín Fernando Muñoz, coincidió en la misa el día 25 en la basílica de San Pedro, donde Juan Bautista de Sandoval invitó a Pedro Antonio de Alarcón y a José del Saz Caballero a formar parte de la legación española. Agustín Fernando Muñoz (1808-1873) posó en el estudio de Altobelli y Molins con sus armas, las del I duque de Riánsares, con los collares e insignias del Toisón de Oro y de la Legión de Honor, la corona de duque y su lema: «Regina Coeli Juvante». Lleva en el pecho la placa de Carlos III.

Altobelli y Molins, Agustín Fernando Muñoz, I duque de Riánsares. Fotografía. Roma, hacia 1860. Biblioteca Lázaro Galdiano, RB 24191-88.

Contó con la asistencia de las personas que se hallaban en la Embajada de España, aunque no hay constancia de la fecha de los encuentros, salvo cuando el día 25 estuvo formando parte de la legación española. El embajador Antonio de los Ríos y Rosas había dimitido el 21 de noviembre de 1860, y entonces se hallaban en la Embajada Juan Bautista de Sandoval y Manescau, primer Secretario y encargado de negocios de S. M. Católica cerca de la Santa Sede, José Lapazarán y Olazábal, segundo Secretario, y los agregados Lino Muñoz Domínguez ―sobrino de Agustín Fernando Muñoz, segundo esposo de la reina madre de España― y Ricardo Balez (1836-1878). También estaba como agregado cultural Fernando Fernández de Velasco, que posó con los escritores y artistas en el estudio de Altobelli y Molins.

Altobelli y Molins, Juan Bautista Sandoval y Manescau. Fotografía. Roma, hacia 1860. Biblioteca Lázaro Galdiano, RB 21572-14.
Altobelli y Molins, Ricardo Balez. Fotografía. Roma, hacia 1860. Biblioteca Lázaro Galdiano, RB 24191-10.

La relación de «españoles» mencionados por Alarcón en su obra De Madrid a Nápoles, se completa con «Marcial» y «Francés» ―el escultor Marcial Aguirre (1840-1900) y el pintor Agapito Francés (1840-1869)―, Alejo Vera (1834-1923), pensionado particular y autor más tarde de Numancia, obra premiada con la primera medalla en la Exposición Nacional de 1881, Mariano Fortuny (1838-1874), «pintor de batallas», Eduardo Rosales (1837-1873) y los señores Arnau y Guardiola, empleados en los ferrocarriles romanos, donde participaba el marqués de Salamanca.

Bertall & Cie, Mariano Fortuny. Fotografía, París, hacia 1870. Biblioteca Lázaro Galdiano, IB 5315.
Laurent, Eduardo Rosales. Fotografía. Madrid, antes de 1873. Archivo de la Fundación Lázaro Galdiano, RAF 1921.

Alarcón no pudo encontrase en Roma con otros pintores como José Casado del Alisal (1832-1886) y Antonio Gisbert Pérez (1834-1901) pues habían regresado a España aquel mismo año de 1860, el primero en septiembre y el segundo poco tiempo después. En aquellas reuniones se hacía memoria de ellos porque su marcha era muy reciente.

Laurent, José Casado del Alisal. Fotografía. Madrid, hacia 1860. Biblioteca Lázaro Galdiano, RB 21572-97.
Martínez Sánchez, Antonio Gisbert Pérez. Fotografía. Madrid, hacia 1860. Biblioteca Lázaro Galdiano, RB 21573-50.

Durante todo el viaje Alarcón tuvo presente, y recordó especialmente en Roma, a Germán Hernández Amores (1823-1894): 

¡Mi buen amigo!, que pasaste allí tantos años, de codos en aquellas mesas, dejando fluctuar tu espíritu entre las ilusiones del arte y las melancólicas memorias de tu patria; a ti, ¡el idólatra de la belleza pagana, que no supiste abandonar a Roma sin hacer de una de sus hijas la compañera de tu existencia! Allí te recordaban y allí te recordé, porque muchas veces me habías hablado de aquel ¡ahumado tiemplo de tus ilusiones de artista!

Laurent, Germán Hernández Amores. Fotografía. Madrid, hacia 1860. Biblioteca Lázaro Galdiano, RB 21573-100.

Esta referencia expresa, como en su día señaló Jordi Canals en «La dicotomía turista/viajero en De Madrid a Nápoles (1861) de Pedro Antonio de Alarcón», nos permite descubrir quién era el destinatario de la dedicatoria anónima del libro De Madrid a Nápoles. El texto que aparece en la dedicatoria a su buen amigo Germán Hernández Amores nos sirve ahora como colofón:

Te dedico este libro más, amigo mío. Perdona que oculte otra vez tu nombre al público; pero lo hago obedeciendo al mismo escrúpulo de pudor que me impulsaría a estorbar que mi hermana o mi hija apareciesen sobre el tablado de la escena pública. Es piedad o egoísmo… No sé. Quizás tengo a mengua o desventura la triste condición que nos arroja a los artistas sobre la arena de un anfiteatro a ser pasto del ocio de nuestros semejantes, y no quiero ni por un momento hacerte partícipe de mi vergüenza. Quizás porque es tu amistad el mejor triunfo de mi vida privada, deseo que nadie la conozca, temeroso de que adquiera los funestos visos de la vida literaria y haya quien me la dispute y arrebate. Quiero, en suma, tenerte de reserva en la oscuridad de mis afectos íntimos, a fin de que me hagas olvidar, como hasta aquí, las agonías del espectáculo diario que el escritor dio al mundo, entregándole los secretos de su corazón y de su inteligencia, y descansar a tu lado de las rudas faenas del combate. Tu imaginación privilegiada, que todo lo sondea, lo comprende y se lo apropia, habrá conocido ya toda la verdad, toda la ternura de lo que te digo. Gracias: estoy contento, como si acabara de hacer una buena obra. Ahora, atiende; que empieza el literato. Tu amigo, Pedro.

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