VALERIANO Y GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER EN EL 150 ANIVERSARIO DE SU MUERTE


Por Fernando J. Martínez

Valeriano Domínguez Bastida había nacido en 1833 en Sevilla, su hermano Gustavo Adolfo en 1836 y ambos fallecieron en 1870, el 23 de septiembre Valeriano y casi tres meses más tarde, el 22 de diciembre, Gustavo Adolfo. Ambos tomaron el segundo apellido de su padre, el pintor José Domínguez Bécquer, que también había cambiado sus apellidos Domínguez Insausti por Domínguez Bécquer, y así fueron conocidos como Valeriano Bécquer y Gustavo Adolfo Bécquer. 

Valeriano y Gustavo estuvieron muy unidos durante la mayor parte de su vida y juntos aparecen en sus vidas y en sus obras, unidos por un mismo destino, como bien recordaría el poeta en los últimos días de septiembre de 1870 según cita de José de Castro y Serrano sus Cuadros contemporáneos:

Ahora todos me dicen que la muerte de Valeriano estaba prevista, que la llevaba en el rostro, que es, hasta cierto punto un suceso natural. ¡Natural la muerte! ¡Natural el escape de la vida a los treinta años, cuando se han padecido todos los tormentos de la niñez, de la educación, del arte de buscar la subsistencia, y no se han disfrutado aún los goces de la virilidad, de la gloria del bien vivir! Valeriano ha tenido una niñez desdichada, una juventud no más dichosa; ahora que está formada su naturaleza y su vida, ahora que se ha madurado su talento, ahora que principia a tener fama y recursos y quizá gloria, ¿qué necesita más que trabajar?

Valeriano Bécquer. Grabado de Alfredo Perea. En La Ilustración de Madrid, 12 de octubre de 1870.
Gustavo Adolfo Bécquer. Grabado de Bartolomé Maura. En Obras completas de Bécquer, octava edición, 1915.

En septiembre de este año, Jesús Rubio Jiménez escribió otra entrada en este blog recordando a Valeriano Bécquer pero, antes de finalizar el año 2020, queremos recordar a ambos y para la ocasión recurrimos a uno de los epistolarios que se conserva en el Archivo de la Fundación Lázaro Galdiano, el que procede del marqués de Valmar, donde encontramos dos cartas remitidas en 1860 y 1862 por su amigo el artista Eduardo Cano de la Peña.

Leopoldo Augusto de Cueto (1815-1901), que era académico, diplomático y crítico literario ―también marqués de Valmar desde 1877―, entregó parte de su archivo a José Lázaro, quien se lo solicitó por ser muy aficionado a los autógrafos. Eduardo Cano de la Peña (1823-1897) era pintor y había nacido en Madrid aunque que se trasladó a Sevilla en 1826; cuando escribió estas cartas era catedrático de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla. También fue el autor de un retrato póstumo de Valeriano en 1871.  

Leopoldo Augusto de Cueto, marqués de Valmar, fotografía de Jean Laurent, reproducida en Jean Luarent en el Museo Municipal de Madrid, III, Madrid, 2006, p. 38.
Eduardo Cano de la Peña, estampa a partir de una fotografía, en La Ilustración Española y Americana, Madrid, 30 de abril de 1897, p. 269.

Estas misivas a las que nos referimos se publicaron de forma parcial en estudios anteriores pues han sido objeto de estudio por Enrique Pardo Canalís, Jesús Rubio Jiménez o Gerardo Pérez Calero, entre otros, pero no se llegaron a reproducir unos pequeños bocetos que se encuentran en ellas y que ahora damos a conocer.

En la primera, Cano de la Peña informa al marqués de las dificultades que presenta la copia del Ángel de la guarda, obra que Bartolomé Esteban Murillo hizo para el convento de los Capuchinos y que, como se encontraba en la Catedral de Sevilla desde 1814, conocía perfectamente: «no es aplicable a la forma de la elipse que usted me ha remitido porque quedaría muchísimo espacio encima y debajo de la figura y para que usted juzgue con más acierto le pongo la proporción del original dentro de la elipse. Queda pues un espacio inmenso que haría muy mal efecto». Sin duda, marqués quería una copia de esta obra.

También menciona «otro asunto» que Leopoldo Augusto de Cueto le había indicado y le decía que «no es digno de copiarse ni tampoco vendría bien al tamaño de la elipse». Le recomendaba mejor «una composición libre y fantástica como por ejemplo la representación de la Pintura, de la Escultura, de la Música etc, o bien, el retrato de Murillo conducido por los ángeles que él pintó, con varios atributos y objetos que hagan rica la composición».

En la misma carta le decía: «Cuando quiera usted copias de los cuadros de Murillo, le aconsejo que las encargue con la misma proporción que los originales. Valeriano Bécquer hijo de D. José y sobrino del actual Bécquer, es la persona a quien le he dado el encargo por ser un joven de grandísima disposición». Consta en la carta una anotación posterior del marqués: «Contestada el 22, encargando para mí el cuadro», aunque no sabemos si el encargo hace referencia al Ángel de la guarda o esa «composición libre y fantástica» que Cano de la Peña recomendaba.

Boceto del Ángel de la guarda, de Bartolomé Esteban Murillo, en carta de Eduardo Cano de la Peña al marqués de Valmar. 15 de junio de 1860. Madrid. Archivo de la Fundación Lázaro Galdiano, Archivo Valmar, L1-C20- 1
Bartolomé Esteban Murillo, Ángel de la guarda, en la Catedral de Sevilla. Reproducido en Murillo y los capuchinos de Sevilla, 2017, p. 173.

La segunda carta trata de un encargo del marqués de Valmar a Valeriano Bécquer, por medio de Eduardo Cano, en unas fechas en las deseaba decorar su palacio en Deva ―o Deba―, en la costa de Guipúzcoa. Quería saber entonces cuál era al modelo de Beatriz de la Divina Comedia, para que sirviera de inspiración a Valeriano: 

Mi muy apreciable amigo: enterado por mi tío del encargo, que usted me hace, fui inmediatamente a ponerlo en conocimiento de Valeriano Bécquer, el cual no tiene dificultad en hacer el cuadro por los mil reales que usted fija. Para empezarlo desearía que tuviera usted la bondad de mandarme las medidas del cuadro y al mismo tiempo decirme si la Beatriz que usted desea es la de Scheffer, próximamente en esta posición.

El boceto que sigue representa el Encuentro Beatriz y Dante en el Purgatorio de Ary Scheffer (1795-1858). La obra pertenecía entonces a Richard Hemmings y la prestó para la exposición Manchester Art Treasures en 1857. Sin duda, encontró la imagen en The Art-Treasures Examiner: a pictorial, critical, and historical record of the Art-Treasures Exhibition, at Manchester, in 1857, Manchester; London: Alexander Ireland & Co.; W. H. Smith & Son, 1857.

Boceto del Encuentro de Beatriz y Dante en el Purgatorio de Ary Scheffer, en la carta de Eduardo Cano de la Peña al marqués de Valmar. 15 de mayo de 1862. Madrid. Archivo de la Fundación Lázaro Galdiano, Archivo Valmar, L1-C20-3.
Henry Linton, Encuentro Beatriz y Dante en el Purgatorio, a partir de un cuadro de Ary Scheffer, en The Art-Treasures Examiner: a Pictorial, Critical, and Historical Record of the Art-Treasures Exhibition, at Manchester, in 1857, [1857], p. 222.

El palacio de Aguirre, o Aguirretxe como se conoce hoy, era una hermosa mansión nobiliaria del siglo XVI, que perteneció a Fernando de Aguirre, secretario de Felipe II:

Cuando se llega a Deva ―según crónica de El Liberal, de 3 de marzo de 1882―, viniendo de Zumárraga y Vergara, llama la atención del viajero cierto lindo hotel, situado a la falda de una colina que ocupa una posición verdaderamente excepcional y privilegiada. Es la quinta de los marqueses de Valmar; casa de antigua y sólida construcción, en cuyas ennegrecidas paredes han dejado sus huellas tres siglos, que se alza en mitad de un paraje espacioso y pintoresco.

El marqués compró este palacio hacia 1860 y, poco tiempo después, llevó acabo importantes reformas por su estado de abandono aunque aún conservaba las entalladuras de un magnífico portal, la escalera y un espléndido salón pero carecía de biblioteca.  Este salón comunicaba con el exterior por medio de una galería, y debajo, en el piso inferior de la casa, el marqués, tan aficionado a las letras y a la historia, mandó construir su biblioteca de roble tallado en un espacio de seis ventanas con vistas a la ría.

Por el palacio desfilaron las más importantes personalidades de la cultura romántica y de la política del momento, Ángel Saavedra ―duque de Rivas―, Juan Valera, José Zorrilla… y su magnífica biblioteca fue centro de reuniones políticas y literarias. Cueto logró reunir siete mil volúmenes como recuerda Francisco Vindel en Los bibliófilos y sus bibliotecas: allí se encontraban incunables y primeras ediciones de Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Salas Barbadillo. Añadía Vindel: «no hay chef-d’ouvre de literatura, de historia, filosofía o arte dramático a que el señor Cueto no haya dado hospitalidad en aquel apartado y silencioso recinto, que convida a la meditación y al estudio». Un periodista de La Época recordaba, el 8 de agosto de 1891, la admiración que produjo ese año a sus invitados «un precioso armario de roble tallado donde el marqués de Valmar conserva su ejemplar de Las Cantigas del Rey Sabio, obra que honra al erudito académico y que constituye un monumento de gloria, no solo para él sino para la Academia Española», refiriéndose a la edición extraordinaria que corrió a cargo de Valmar, publicada por la Academia en 1889 y reeditada en 1990.

Los hermanos Bécquer acudieron a Deva, al parecer, en dos ocasiones. La primera estancia debió de ser hacia 1862 y la segunda en 1864, para que Valeriano realizara media docena de lienzos inspiradas en obras de autores clásicos, que tan del gusto eran del marqués, y que habrían de decorar la casa veraniega. Reproducimos una cita de Gustavo Adolfo, que incluía José de Castro en 1871 en sus Cuadros contemporáneos:

Habíale encargado el señor Cueto (D. Leopoldo Augusto) que le pintase seis lienzos con seis alegorías de los seis teatros primeros del mundo. Una de las obras a que daba más prisa era la representación de Ofelia. Mi hermano corrió a verme, y me dijo: ¿Quién es Ofelia? Yo entonces tomé la pluma, como acostumbraba en casos semejantes, porque él me dibujaba mis versos y yo le versificaba sus cuadros, tomé la pluma y dije:

Como la brisa que la sangre orea

Sobre el oscuro campo de batalla,

Cargada de perfumes y armonías

En el silencio de la noche vaga;

Símbolo del dolor y la ternura,

Del bardo inglés en el terrible drama,

La dulce Ofelia, la razón perdida,

Cogiendo flores y cantando pasa.

Valeriano ―continuaba Gustavo Adolfo― hizo por impregnarse del espíritu de estos versos, lo cual le era familiar; y poco tiempo después Cueto recibía a la dulce Ofelia de Shakespeare, como si el autor hubiese tenido dentro del alma las imágenes del gran poeta. Él, sin embargo, no leyó a Hamlet sino mucho tiempo más tarde.

Junto a Ofelia, heroína del Hamlet de Shakespeare, Valeriano se inspiró en otras escenas de El avaro de Moliére, La muerte de Virginia de Alfieri y Fausto de Goethe, como sabemos por las obras que se conservan. En cuanto a las dos que faltan, si tenemos en cuenta la descripción de Luis López de la Torre Ayllón, en La Ilustración Española y Americana de 1 de abril de 1872, los autores serían Sófocles y Calderón. Del Edipo rey de Sófocles tenemos referencia en el dibujo de Edipo despidiéndose de sus hijas por la imagen publicada en La Ilustración Española y Americana en 1872.

José Severini, Edipo despidiéndose de sus hijas, a partir de un dibujo de Valeriano Bécquer, en La Ilustración Española y Americana, Madrid, 1 de abril de 1872, p. 197.

El sexto estaría relacionado con La vida es sueño de Calderón, según Luis López de la Torre Ayllón, o bien con la Divina comedia de Dante, es decir, el que se menciona en esta carta.

Sea cuales fueran las pinturas que se idearon en un primer proyecto o las que se realizaron, estas obras encargadas por el marqués debían ocupar un espacio determinado dentro del mueble de roble situado en la biblioteca, un gran armario corrido que el pintor debía conocer antes de adaptar sus obras en los espacios medidos de cada una y que «tenía diez puertas en la parte superior: cuatro alternativas tienen relieves tallados en la parte central y seis fueron dispuestas para que en ellos se colocaran los lienzos pintados por Valeriano, quedando sujetos los mismos por una pequeña ranura, dando la sensación el lienzo de formar un todo con la puerta»,  como recuerda María Dolores Cabra en «Los Bécquer y las pinturas del palacio de Valmar». Al parecer, fue Gustavo Adolfo quien escribió el texto que aparecería al pie de cada escena, sugiriendo el tema de inspiración de Valeriano.  

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