EL LIBRO DE RETRATOS DE PACHECO: MEMORIA DE VARONES ILUSTRES DEL SIGLO DE ORO – IV


Exposición: 6 de abril a 13 de junio de 2021.  Prorrogada hasta 12 de septiembre de 2021.

Museo Lázaro Galdiano. Sala 6. Serrano 122. Madrid.

Martes a domingo de 9,30 a 15 h. Lunes cerrado.

Por Juan Antonio Yeves Andrés

Esta muestra se ha prorrogado hasta el 12 de septiembre y, aunque se han retirado los documentos originales al cumplirse los tres meses de exposición por motivos de conservación, se ha mantenido el manuscrito de Pacheco, mostrando nuevos personajes, las ediciones modernas y las reproducciones de los 56 retratos. Además, a partir del 20 de agosto y hasta la fecha de cierre de la exposición, coincidiendo con la apertura del Libro de retratos por el de Lope de Vega, se expondrá la Jerusalén conquistada, obra de este autor, publicada en Madrid por Juan de la Cuesta en 1609, donde se encuentra el retrato de Pacheco estampado y el elogio impreso, que no aparece en el manuscrito original. Recordaremos que, más tarde, en 1620, cuando se publicó la Parte catorze de las comedias de Lope de Vega, este dedicó La gallarda toledana a Francisco Pacheco, «pintor insigne», recordando este Libro de retratos: «Años ha que en su famoso libro puso vuestra merced el mío, como suele naturaleza el lunar en las hermosas, para que mi ignorancia hiciese lucir la fama de tantos doctos».

De esta manera se concluye el recorrido por las 16 páginas del Libro de retratos que han podido verse en esta exposición: primero se mostró la portada del libro y después los retratos de Luis de León, Fernando de Herrera, Francisco de Rioja, Gutierre de Cetina, Gonzalo Argote de Molina, Pedro de Campaña, Luis de Vargas, Francisco de Quevedo, Felipe II, Francisco Guerrero, Baltasar del Alcázar, Benito Arias Montano, junto a los tres últimos de los que damos noticia en esta entrada: dos clérigos regulares, Juan de la Cruz, franciscano, y Luis de Granada, dominico, y Lope de Vega, que será el mejor colofón, pues era uno de los autores preferidos de José Lázaro, como lo confirman las numerosas ediciones que reunió y las cartas originales que conservaba en su colección.

Como en las entradas precedentes del blog referentes a esta exposición, seguidamente reproducimos los retratos, con un primer plano del rostro, y un breve texto, parte del elogio a cada uno de ellos, tomado del manuscrito de Francisco Pacheco, cuando junto al dibujo aparece la semblanza en el Libro de retratos. En caso Lope, con el marco sin concluir, sin su nombre y sin elogio, tomaremos el fragmento del texto publicado en la Jerusalén conquistada, con las frases finales y la «estancia» que aparece de Juan Antonio de Vera y Zúñiga dedicada al retrato hecho por Pacheco. Para hacer más fácil la lectura a cualquier lector se ha actualizado el uso de las mayúsculas, la acentuación y la puntuación.

La presencia en el Libro y en esta exposición de fray Luis de Granada no puede sorprender por ser uno de los más notables escritores hispanos, reconocido así y elogiado por Nicolás Antonio, pero tal vez llame la atención la elección de fray Juan de la Cruz, un franciscano de Sevilla, con menos renombre. Pacheco en la semblanza que hace de él da cuenta de los méritos que tuvo para figurar en el Libro de retratos de varones ilustres y, además, esta era una buena oportunidad para mostrar su retrato porque en ocasiones se ha identificado como san Juan de la Cruz. Tal vez, por haber tenido a la vista solo el retrato y la cita bíblica «Consummatus in brevi explevit tempora multa» ―tomada del Libro de la Sabiduría (4:13)―, que Pacheco eligió para situarla en la parte superior del marco, alguien ha podido reconocer en él al santo carmelita, pues san Juan de la Cruz reprodujo la frase en la «declaración» de la primera de las canciones de la «Llama de amor viva» y la tradujo como «Consumado en breve cumplió muchos tiempos».


Juan de la Cruz (1545-1582), clérigo regular, franciscano.

Desde su tierna edad aprovechó tanto en las letras que parecía la brevedad prodigio, por lo cual se prometían sus padres (teniéndolo consigo y siguiendo los estudios) descanso y venturosa vejez. Pero el niño varón, viendo los lazos a que está sujeta la vida y qué mal se libran los que viven en el siglo, tempestuoso mar lleno de infinitos peligros, se acogió al puerto seguro de la religión del seráfico padre san Francisco. Tomó el hábito en el Convento Grande de Sevilla, reduciendo con su modestia y perseverancia el amor y voluntad de sus padres, en cuyo noviciado, con la educación de un santo y prudente maestro, se hizo en la oración, disciplina y silencio y las demás virtudes, un claro espejo de todos los demás, y profesó año 1561. Viendo, pues, los prelados su rara virtud y la agudeza de su ingenio, le enviaron a estudiar Artes y Teología a la insigne Universidad de Alcalá de Henares. Acompañaba sus estudios con la oración, de manera que parecía que le infundía Dios la ciencia. Salió de allí a los 21 años consumado letrado. […] Fue muy profundo en sus estudios, muy grave y docto en presidir, muy suave y agudo en los argumentos y sutilezas, las cuales dejaba tan claras que todos las entendían, porque le dotó Dios de una gran claridad de entendimiento donde no había cosa oscura y en su boca ninguna tenía dificultad. Y lo que es más, que no solo fue dotado este insigne varón de la gracia de enseñar, pero también tuvo la de predicar en tanto grado que fue en esto famoso y uno de los que enseñaron con perfección este ministerio. […] Y, aunque tuvo la humildad en supremo grado (como fundamento de todas las demás virtudes), fue tan entero en la observancia de todas las cosas de la religión que tenía por gran delito ceder un punto de ellas. Todas estas grandezas comunicó Dios a este ilustre varón en pocos años para premiarle gloriosamente, como si hubiera trabajado muchos. ¡Cuántos de 90 no han alcanzado lo que él en 37! Llegóse finalmente el tiempo en que Dios tenía determinado llevarse para sí esta preciosa joya, con una enfermedad breve y aguda, de modorra fría. Otros piensan que de la ponzoña que se le pegó de los apestados. Recibió todos los sacramentos con grande afecto y devoción y dejando esta vida pasó a la eterna, causando mucho consuelo a sus religiosos con su muerte. Por la mucha satisfacción de su vida murió alegre y dichoso el venerable padre, colmado de mil edades y en vida breve de virtud consumada, en 17 de julio año 1582.

Luis de Granada (1504-1588), clérigo regular, dominico.

Sus padres fueron pobres, aunque limpios y de cristianas costumbres. Faltóle el padre a los 5 años y la madre, con el trabajo de sus manos, le sustentaba en sus estudios, pero con tanta estrechez que le obligaba a pedir todos los días en la portería del Convento de Santa Cruz de la Orden de Predicadores. Salió en breve tan gran latino y elocuente retórico que mereció adelante el honroso título de Cicerón cristiano. A los 16 años tomó el hábito en aquel convento, donde estudió Lógica y Filosofía y, como virtuoso y abstinente hijo, pidió licencia al prior para partir cada día la mitad de la ración con su madre. Esta piedad le causó mil prósperos sucesos, el primero fue nombrarlo por colegial de San Gregorio de Valladolid. No admitió cátedras por poder correr más desembarazado en el ejercicio de la predicación. Disponíase para él en el silencio de la noche, no solo con fervorosa oración, pero con ásperas diciplinas. […] Callo sus heroicas virtudes, dignas de tan alta honra: el referir la pobreza en que se crio, comiendo de limosna, la que guardó siempre vistiendo un solo hábito, que le duraba 12 años, no faltar a maitines a media noche en 40 ni volver a su celda hasta haber dicho misa, su modestia y recogimiento, su oración de tres horas cada día, y al cabo una larga diciplina, su castidad, su obediencia y caridad, porque todo se dice en una palabra: su vida fue igual a sus escritos, en sus libros se pintó al vivo, obrando lo que enseñó. […] El día, pues, que dio principio al famoso sermón para animar a los siervos de Dios en semejantes caídas, fue el de su postrera enfermedad. Viólo estampado, alegróse mucho, recibió el Santísimo Sacramento con gran devoción y regaladas palabras, ayudó al de la extrema unción, hizo una devota exhortación a los novicios, rogó que lo dejasen solo y estuvo más de una hora en oración, pidió le leyesen la Pasión de San Juan y, tomando la candela en su mano como hijo de luz, se apartó su bendita alma del cuerpo y subió a recibir el premio de sus heroicas obras a la patria soberana último día del año 1588, de edad de 84 años.

Lope de Vega (1562-1635), poeta y dramaturgo.

Él, en fin (cuando con más modestia le queramos loar), es igual al que con más gentil espíritu ha alcanzado en esta facultad nombre ilustre en España en cada cosa que le queramos comparar, y superior a todos en tres cosas que en ningún ingenio se han juntado más felizmente que en el suyo: facilidad, abundancia y bondad. Y así no dudo que la antigüedad le llamará hoy hijo de las musas mejor que al poeta de Venusia, por quien las ciudades de España pudieran competir con Madrid (dichosa patria suya) como los argivos, rodios, atenienses, salaminos y esmirneos, por aquistar el título de la de Homero.

 Y porque, como he dicho, sus obras son el verdadero elogio de su vida, yo debo dar fin a este con esta estancia, que a su retrato escribió don Juan Antonio de Vera y Zúñiga:

Los que el original no habéis gozado,

Gozad del fiel traslado los despojos,

Dad gracias por tal bien a vuestros ojos,

Y a Pacheco las dad por tal traslado:

Será el uno y el otro celebrado

Del negro adusto a los flamencos rojos,

Causando ambas noticias igual gusto,

Desde el rojo flamenco al negro adusto. 

Retrato de Lope de Vega y Elogio de Francisco Pacheco en la Jerusalén conquistada (1609). Biblioteca Lázaro Galdiano, IB 8181.

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