CASTELAR Y LÁZARO: EL POLÍTICO Y ESCRITOR Y «EL FÉNIX DE LOS EDITORES», II.


Exposición: 9 de junio a 19 de septiembre de 2021.

Museo Lázaro Galdiano. Sala 1. Serrano 122. Madrid.

Martes a domingo de 9,30 a 15 h. Lunes cerrado.

Por Juan Antonio Yeves Andrés 

En la entrada precedente se decía que buena parte de la correspondencia que mantuvieron Castelar y Lázaro hacía referencia al envío de originales por parte del autor para la «Crónica internacional», una sección fija de La España Moderna, y al pago puntual por parte del editor, pero también se anunciaban algunos asuntos tratados en las cartas, aquellos que han servido para seleccionar las obras expuestas, porque merecían especial atención.

Emilio Castelar en su gabinete de trabajo. Fotografía de Franzen en La Ilustración Española y Americana, Madrid, 30 de mayo de 1899.

Propuesta de publicación de una biografía de Castelar.

Lázaro había iniciado la edición de la revista con el número de enero de 1889 y comenzó a publicar monografías en 1890, unas biografías breves que tenían como objetivo dar a conocer a los autores que firmaban las novelas y cuentos que aparecían en La España Moderna. Ya se había editado alguna como artículo de la revista, pero ideó esta otra fórmula: libros de pequeño formato, de en torno a cien páginas y al precio de una peseta. Cuando se habían distribuido ya tres biografías o estudios críticos escritos por Émile Zola sobre Jorge Sand, Víctor Hugo y Balzac, dentro de la serie «Extranjeros ilustres», el 12 de enero de 1891, en carta a Castelar, Lázaro le dijo: «deseo publicar una colección de biografías de españoles ilustres ¿podremos conseguir que Balart escriba la de usted? Le pagaré, si la escribe, mil pesetas». La propuesta fue bien acogida, porque Federico Balart Elgueta, periodista, poeta y crítico de arte y de teatro, era amigo y correligionario de Castelar. Este, al mes siguiente, el 11 de febrero, le anunciaba que se presentaría el autor para ultimar con él el asunto de la biografía, avisándole de su situación:

Respecto de la parte intelectual no, para qué hablar. Mas, en la parte material entra Cristo a padecer. Federico está muy mal de intereses, pesimamente, desde que le quitaron su destino en el Banco. Para trabajar, no solo necesita dinero sobre lo trabajado, necesita que sus editores le ofrezcan algún adelanto para que trabaje.

El resultado de la entrevista fue positivo pues dos días más tarde, el 13, escribió a Balart proponiéndole como modelo una biografía que había escrito Castelar: La Vida de Lord Byron. Y, pasados otros dos días, el 15, Lázaro confirmó a Castelar, que había servido a Balart en todo cuanto deseaba, sin duda, confiando en que cumpliría fielmente su cometido. Encaminado el asunto, en el número de febrero de 1891 de La España Moderna se anunciaba la nueva serie «Biografías de españoles ilustres» en estos términos: «Está en prensa la de Castelar, escrita por Federico Balart, y en preparación las de Cánovas, por Valera; Valera, por Menéndez y Pelayo, y Galdós, por Emilia Pardo Bazán».

Aunque Castelar había asegurado que «nunca faltaba» y Lázaro le pagó por adelantado quinientas pesetas, la biografía de Castelar no llegó a verse en letras de molde. Y no solo eso, este incumplimiento del compromiso por parte de Balart obligó al editor a cambiar el formato de la serie y a retrasarla, pues tendría continuidad con otra hechura, de menor extensión y muy semejante al de los «Extranjeros ilustres». Como los volúmenes serían más modestos, ofreció una cantidad inferior, quinientos reales ―125 pesetas―, a Valera y Menéndez Pelayo, por los estudios biográfico-críticos de Núñez de Arce y Ventura de la Vega, por carta de los días 22 y el 29 de mayo de 1891. Estos libros vieron la luz y se distribuyeron a partir del 9 y 5 de septiembre de 1891, respectivamente.

Lázaro encontró la solución con esta fórmula y así siguieron apareciendo biografías de extranjeros y españoles hasta alcanzar la cifra total de 34, quedando unificadas al final en la serie «Personajes ilustres». La última, la de Eugenio Mouton (Merinos), escrita por Gaston Bergeret, se distribuyó a partir del 16 de septiembre de 1893. Habían transcurrido más de dos años y medio y el nombre de Balart no apareció ni en la revista ni en la editorial, ya consolidada y con el sello de La España Moderna desde noviembre de 1891.

No se menciona en el epistolario en más ocasiones a Balart y cabe la sospecha que no fuera asunto de conversación entre ambos porque podía resultar incómodo para Castelar. No sabemos cómo concluirían los encuentros de Lázaro con Balart, por ejemplo, cuando coincidieron en la velada literaria la celebrada el 27 de octubre de 1891 en casa de Emilia Pardo Bazán, pero en la revista de Lázaro aparecieron reseñas de dos obras de Federico Balart, Dolores e Impresiones, en marzo y abril de 1894, en la sección «Impresiones literarias», firmada por Francisco F. Villegas, señal de que si su hubo desafección no llegó a ocasionar antipatía o animadversión.

Se podía sospechar que el asunto de la biografía de Castelar había quedado en el olvido, pero no fue así. El 23 de octubre de 1896 Lázaro escribió a Balart en un tono correcto pero firme:

Mi ilustre amigo: Hace más de seis años que usted me pidió y yo le entregué quinientas pesetas, a cuenta de mayor cantidad, por un trabajo literario que prometió tener concluido en seis meses y, como el tiempo pasa con el olvido, traigo estos hechos a su memoria, suplicándole me diga si piensa devolverme el dinero o indemnizarme con sus escritos.

El resultado de aquel aviso fue una visita de Balart a Lázaro, pero no se encontraron porque el editor estaba ausente entonces, y le escribió una segunda carta en la que le decía: «Si su objeto es devolverme el dinero puede, para quitarse molestias, entregarlo al portador de esta carta, mi dependiente, el cual le dará el recibo que usted me entregó el 13 de febrero de 1891». Tal vez devolvió la cantidad señalada porque no siguió la relación epistolar, al menos no se conserva si existió. Solo sabemos que Lázaro publicó una composición poética, «A Federico Balart», de Enrique González Lorca en la sección «Poetas americanos» del número de septiembre de 1902 de La España Moderna, donde también Eduardo Gómez de Baquero publicó en su «Crónica literaria» la semblanza necrológica en el número de mayo de 1905: «Dos muertos ilustres: Balart. Valera».

Federico Balart. En La Ilustración Artística, Barcelona, 7 de junio de 1897, p. 371. «Balart es grave, serio y muy nervioso. Cetrino el color, nevados el cabello y la barba, de estatura baja, triste la mirada y con cara de pocos amigos. Sin embargo, apenas tiende la mano o rompe a hablar […] se ve que aquel hombre que parecía retraído y de mal genio es afable, expansivo y bueno».

Cartas de recomendación.

Con frecuencia encontramos peticiones cartas de recomendación en la correspondencia de Lázaro con los autores de la editorial y así ocurre en la que mantuvo con Castelar.

En primer lugar, encontramos una petición en este sentido que tuvo lugar el 25 de julio de 1889, si bien no se trata de un asunto personal ni de Lázaro ni de Castelar, pues Emilia Pardo Bazán le había dicho a Lázaro que no dejase vivir a Castelar mientras no le diera las cartas de recomendación que le había ofrecido para Juliette Lamber –Juliette Adam–, directora de La Nouvelle Revue y para otras personas, que él se las enviaría.

Hubo otras ocasiones, así Lázaro se dirigió a Emilio Castelar el 27 de abril de 1891, pidiéndole una carta de recomendación para el concejal del Ayuntamiento de Barcelona, Pedro Rich, entusiasta correligionario suyo, «presidente del Jurado y alma y vida de la Exposición» de Bellas Artes, que se celebraba desde el 23 de abril al 29 de junio de 1891, para que comprara el «cuadro de Baldomero Galofre, que es de lo más saliente reunido allí». Le recordaba que el pintor era «uno de los pensionados fundadores de la Academia de Roma» que Castelar había creado, aunque en realidad más que creada por él, podemos decir que había sido fundada por iniciativa suya, cuando era presidente de la Primera República.

Lázaro, anteriormente, en su etapa de cronista de arte de La Vanguardia, había escrito tres artículos sobre la obra de Galofre, publicados los días 7, 14 y 24 de noviembre de 1886. En ellos, además de dejar constancia de los méritos del pintor, hizo alarde de erudición con citas de autores como Pablo de Céspedes o Miguel de Cervantes, recordando como colofón a sus crónicas unas palabras de don Quijote: «Una de las cosas que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo ―cuando aún vive―, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa».

Baldomero Galofre. En Album Salón, Barcelona, 1 de marzo de 1899. «Galofre tiene un perfil enérgico y algo de ideal en su mirada expresiva y fogosa; frente alta y noble, una barba y cabellos de caída graciosa. Su cabeza, airosa y valiente, descansa sobre un cuello robusto, y éste arraiga en anchas espaldas. En todo este busto, se revelan ya las cualidades características de sus obras: fuerza y elegancia».

El cuadro al que se refería Lázaro era Vaqueros, figuraba en Catálogo de la Primera Exposición General de Bellas Artes, con el número 214, y estaba valorado en 12.000 pesetas.

Baldomero Galofre, Vaqueros, 1891. En La Ilustración Artística, X, Barcelona, 1891, p. 568. El cuadro se encuentra en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, número de catálogo 11318.

Castelar se dirigió a Lázaro recomendando a alguien en dos ocasiones. La primera el 12 de septiembre de 1892, cuando le pidió que ocupase a Enrique Maldonado que traducía «divinamente del francés» en algún trabajo relacionado con La España Moderna. No tenemos constancia de traducciones de Maldonado para la revista ni la editorial de Lázaro, ni se conserva correspondencia entre ambos

La segunda tuvo lugar el 20 de marzo de 1896, cuando el recomendado era José de Cárdenas, abogado, periodista y crítico, que había sido Director General de Instrucción Pública, Agricultura e Industria entre 1877 y 1881. En esta ocasión le pedía a Lázaro que escribiera a Miguel de Unamuno, catedrático de la Universidad de Salamanca y colaborador en La España Moderna, «recomendándole en reserva la candidatura de D. José de Cárdenas para Senador por dicha Universidad». No sabemos si hizo la gestión, pero si se hizo no tuvo éxito pues resultó ganadora la candidatura del conservador Fermín Hernández Iglesias, que fue Senador por dicha Universidad en varias ocasiones desde 1893 hasta 1900. José de Cárdenas Uriarte fue, después de morir Castelar, senador por la Sociedad Económica de Madrid y senador vitalicio hasta que falleció en 1907.

José de Cárdenas Uriarte. En La Ilustración Española y Americana, Madrid, 15 de julio de 1878.

La «Crónica» de julio de 1892.

Castelar, durante los más de nueve años que se ocupó la «Crónica internacional» en La España Moderna, solo faltó a la cita en ocho oportunidades: agosto y septiembre de 1891, julio de 1892, enero y septiembre de 1893, octubre del 1894, mayo y agosto de 1896. Lázaro pagó por adelantado en ocasiones, algo que no hacía con otros autores, y tuvo que insistir con frecuencia para que llegasen a tiempo las cuartillas, pero ni en esas ocho veces en las que no se recibió la crónica se sintió molesto con uno de los autores preferidos por él y por los lectores. Sin embargo, Castelar sí que se incomodó en una ocasión, cuando no se publicó la crónica del mes de julio de 1892. Tal vez porque al no ver la luz el artículo no recibiría las setenta y cinco pesetas, es decir, el ingreso mensual fijo con el que contaba, en un momento de enredo en las mallas del no tener.

En carta sin fecha, pero que debe de ser de julio de 1892, y otra del día 16 de aquel mes, vemos un tono diferente al habitual de sus cartas. En la primera decía:

Los dependientes de usted son el mismísimo demonio. Se conoce que no hacen gran caso de Castelar, ni de sus escritos. Mutilaron por el pie la última revista; y cuando yo quise mandar la correspondiente a julio ellos habían tirado el número sin decirme una palabra, sin encomendarse ni a Dios, ni al diablo».

En la segunda, remitida desde San Sebastián, llegó a dudar sobre la continuidad de aquella colaboración:

No mandó usted por la Crónica Internacional este mes a casa y, sabiendo que yo aquí me hallaba, tampoco se ha dirigido a mí para pedírmela. Como lo encontré malucho a la puerta de Fe [Librería de Fernando Fe, en el número 2 de la Carrera de San Jerónimo], sentiría proviniese de indisposición o enfermedad el descuido. Si únicamente ha sido por las contingencias consiguientes a una emigración, como la veraniega, ruégole me diga si debo continuar o no la colaboración para el arreglo de mis asuntos. En caso de continuar no le faltará nunca la crónica, cuando usted la reclame y desee.

Con lo de sus «asuntos», tal vez, se refería a una situación de necesidad, sobrevenida en aquellas fechas, como sabemos por otra carta escrita el día anterior a Vicente Alcayne Armengol, arquitecto y político valenciano, que se reprodujo en un artículo firmado por Dionisio Pérez Gutiérrez con el seudónimo Mínimo español, «Tristezas de la gloria: Castelar pide dinero…», publicado en Mundo Nuevo, el 29 de julio de 1921.

Lázaro contestó el día siguiente, 17 de julio de 1892, confirmando que habían ido a buscar la crónica los días 8 y 9 y, al ver que no había nada para La España Moderna, no quiso importunarle, porque tal vez había previsto descansar durante el verano como ocurrió en agosto y septiembre de 1891. Lamentaba lo ocurrido y, después de señalar que la suya era la sección más leída, rogaba «que en adelante no deje nunca de enviarme la Crónica, pues si usted me falta me desanimo y lo echo todo a rodar». La sección tuvo continuidad la colaboración y el tono de la correspondencia volvió al cauce habitual, como vemos en la carta de Castelar del día 22 de julio:

Querido Lázaro: tendrá usted todos los meses el día primero la Revista sin que necesite pedirla. Comprendo se descorazonen todos cuantos publican entre nosotros algo. Pero hay que luchar y servir, después de haberla hecho libre a la ilustración de nuestra idolatrada patria. No faltará nunca en esta obra la cooperación de su amigo Emilio Castelar.

No hubo discrepancias en los años siguientes y se mantuvo la «cooperación» de Castelar. Lázaro estaba tan contento con aquella sección y con el autor que le propuso algo que negó a otros, publicar en una monografía con los artículos correspondientes al año 1893. El 19 de noviembre, para complacerle y compensarle de algún modo por aquellas crónicas que calificaba como «excelentes», le propuso:

Seguiremos publicándolas como hasta hoy y se las pagaré del mismo modo. Después de impresas en La España Moderna, haré una tirada aparte de mil ejemplares en buen papel, y a fin de año le entregaré los mil libros, que puedan resultar muy hermosos, sin que a usted le cueste ni un solo real, pues serán de mi cuenta la tirada, el papel, la encuadernación en rústica, etc., etc.

Es conveniente, para que no me sobrevengan compromisos, que no se sepa que hago yo esto; cuando a fin de año aparezca el libro, que todo el mundo crea que lo ha impreso usted, sin que yo no haya tenido arte ni parte en él.

Si ya había hecho una excepción con Castelar, adelantando una cantidad a Balart, cuando no era norma de la editorial, llama la atención esta proposición, no solo porque en la misma carta le decía que tenía el propósito «de no hacer libros españoles» sino también porque es conocida la carta de 28 de junio de 1899 a Unamuno en la que Lázaro decía: «Tengo formada la resolución firmísima de no publicar ninguna obra de autor español, y si abro, y lo haría con mucho gusto, la puerta en favor de usted, se me van a colar los congrios del parnaso». Añadía en la misma carta: «Una publiqué de Don Adolfo de Castro, parte por compromiso, parte por obra de caridad, y sabe Dios los disgustos que me ha traído».

Aunque estaba dispuesto a encargar el papel, no se publicó aquel libro y no sabemos por qué motivos.

La Historia del descubrimiento de América de Castelar.

En la Biblioteca Lázaro Galdiano se encuentra un ejemplar dedicado por Castelar de su obra Historia del descubrimiento de América, que se muestra en esta exposición. En el epistolario se encuentran referencias a la distribución de la obra y por estas cartas también sabemos cómo llegó el ejemplar a manos de Lázaro.

El 11 de octubre de 1892, Castelar decía que ya había sacado del libro desde el jueves anterior, día 6, «tres mil duros, es decir, los gastos», antes de enviar ejemplares a provincias. Aunque el resultado era un triunfo, esperaba ayuda de Lázaro para dar publicidad a la publicación. Este contestó el mismo día a Castelar diciéndole: «Estoy cada vez más enamorado de su libro, a medida que adelanto en la lectura» y añadió: «Ruego a usted que me ponga una dedicatoria, para tener ese recuerdo más, en el ejemplar que le envío y que pasarán mañana a recogerlo». Además, daba detalles de cómo podía colaborar en la difusión de la obra:

Yo, por mi parte, deseo ayudar a usted en la propaganda publicando en La España Moderna, que algo circula por América, el índice, sueltos y artículos. Para esto le suplico que me envíe los juicios de la prensa que más le agraden a fin de reproducirlos.

Poco tiempo después, Francisco F. Villegas en sus «Impresiones literarias», la sección de crítica de La España Moderna, correspondiente al mes de noviembre de 1892 se ocupó de las Polémicas y estudios literarios, de Emilia Pardo Bazán, y de la Historia del descubrimiento de América, «el último libro de Castelar».

Castelar y Lázaro: tertulias literarias, banquetes y celebraciones.

La amistad entre Castelar y Lázaro se confirma por la correspondencia conservada, como hemos visto, pero también se podía adivinar al ver las columnas de sociedad en la prensa de la época, donde encontramos juntos a ambos, con frecuencia en compañía de Emilia Pardo Bazán. En ocasiones fueron invitados los tres y, estando Castelar y doña Emilia, no extraña que ellos fueran los que «hicieran el gasto», como ocurrió cuando el 18 de marzo de 1890, en la comida que ofreció Manuel María de Peralta y Alfaro, ministro plenipotenciario de Costa Rica en España, a Manuel del Palacio, José Lázaro, y Luis Alfonso, entre otros; Castelar «contó anécdotas curiosísimas de famosos políticos y oradores […] la Sra. Pardo Bazán no dejó de hacer gala de su talento, y Manuel del Palacio, después del café, cautivó en verso y en prosa la atención de los comensales». Véase La Época, Madrid, 20 de marzo de 1890, p. 2.

Los tres también coincidieron el 15 de enero de 1896 en «La Huerta», la residencia de Cánovas del Castillo, donde hubo numerosa concurrencia; Castelar estuvo sentado a la mesa, mientras que Emilia Pardo Bazán y José Lázaro Galdiano acudieron a la recepción que tuvo lugar después, según consta en La Época, Madrid, 16 de enero de 1896, p. 2.

En la casa de doña Emilia, en el número 37 de la calle de San Bernardo, se encontraron con frecuencia y en alguna ocasión consta en los periódicos de la época. Por ejemplo en la velada literaria celebrada el 27 de octubre de 1891 cuando se congregaron «ingenios tan peregrinos» como Ramón de Campoamor y Federico Balart, que leyeron el poema El confesor confeso y algunas Humoradas, el primero, y el prólogo de un libro de poesías que iba a entregar a la imprenta, el segundo. Igualmente asistieron «individualidades que son honra y prez de las letras españolas», entre otros Manuel Tamayo, el duque de Rivas, Gaspar Núñez de Arce, Marcelino Menéndez Pelayo, José de Castro y Serrano, Luis Vidart, Narciso Campillo, Ángel María Dacarrete, Juan Zorrilla Sanmartín, Aureliano de Beruete, Emilio Ferrari, que dio a conocer un cuento, Manuel del Palacio, que recitó estrofas de su composición titulada Navegando, Pardo Bazán, la anfitriona, que declamó unos tercetos del poema de Núñez de Arce Raymundo Lulio, Castelar, ocupado entonces en un libro sobre las catedrales góticas, y Lázaro, lanzado a un pleito, acaso ruidoso, con la casa Montaner y Simón, de Barcelona, sobre publicación en castellano del libro del general Moltke. Véase La Época, Madrid, 28 de octubre de 1891, p. 1.

También Lázaro y Castelar asistieron a los banquetes que tuvieron lugar en la calle de San Bernardo, el 2 de abril de 1895 ―La Época, Madrid, 4 de abril de 1895, p. 2― y el 24 de junio de 1896, cuando Juan Valera leyó el prólogo y los primeros capítulos de la obra que estaba escribiendo, Elisa la malagueña,El Imparcial, Madrid, 1 de julio de 1896, p. 4― y a las fiestas organizadas para celebrar la onomástica de doña Emilia, el 7 de abril de 1894, junto a Alejandro Pidal, Emilio Nieto, Marcelino Menéndez y Pelayo, José Gartner de la Peña y Luis Vidart ―El Heraldo de Madrid, Madrid, 8 de abril de 1894, p. 2― y el 5 de abril de 1899, cuando doña Emilia recibió, entre otros regalos, una «maravilla bibliográfica, los cuentos de Cendrillon, ilustrados con acuarelas hechas a mano» de Lázaro y un «abanico Luis XV» de Castelar, como recordaba Kasabal en sus «crónicas madrileñas» en El Liberal, Madrid, 8 de abril de 1899, p. 2.

Comedor de la casa de doña Emilia Pardo Bazán. De izquierda a derecha: Emilia Pardo Bazán, marqués de Villasinda, Blanca Quiroga y Pardo Bazán, condesa de Requena, Emilio Ferrari, marquesa de la Laguna, José Sánchez Anido, Luis Vidart y Sra. de Bermúdez de Castro. En Rodríguez Ruiz de la Escalera, Eugenio: Los salones de Madrid de Monte-Cristo con láminas fotográficas de Franzen, [Madrid]: [Publicaciones de “El Álbum Nacional”], [ca. 1898], p. 225.

Finalmente, mencionaremos dos ocasiones en los que Pardo Bazán y Lázaro estuvieron en la casa de Emilio Castelar. La primera, el 31 de diciembre de 1895, cuando invitó a un banquete, en el que «se sirvieron hasta 22 postres de procedencia española», al que asistieron además de doña Emilia y su madre, las marquesas de Squilache y de la Laguna, Jose Cárdenas, Emilio Nieto, Gutiérrez Abascal, Gustavo Ruiz y José Lázaro Galdiano. Véase La Época, Madrid, 31 de diciembre de 1895, p. 3. La segunda, el 5 de abril de 1896, cuando celebraba sus días y quiso mostrar aquella casa que habían convertido «en un museo sus admiradores y sus amigos, engalanándola con preciosos objetos de arte», porque él no había comprado ni uno solo. Sus dispendios se limitaban a libros y viajes, por lo general desde principios de julio a finales de octubre, y casi todos los años pasaba alguna temporada en el extranjero, según Nuevo Mundo, Madrid, 9 de abril de 1896, p. 5.

Emilio Castelar en el salón de su casa, en el número 40 de la calle de Serrano. La Ilustración Española y Americana, Madrid, 30 de mayo de 1899.

Muchos otros encuentros no trascendieron, aunque debieron de producirse con frecuencia, pues en el epistolario se conserva alguna invitación, como la carta de 30 de diciembre de 1890: «Querido Lázaro: el estudio no empece a que almorcemos juntos mañana. Le aguardo a las doce y media del último día de este año maldito. No falte». También encontramos un besalamano fechado del 2 de noviembre de 1891: «Al Sr. Don José Lázaro y le ruega honre su persona y casa mañana Domingo, viniendo a un almuerzo. Doce y media en punto». También encontramos referencias a encuentros en los que no estuvo presente Castelar, pero él fue el protagonista, como el 24 de noviembre de 1890, pues al día siguiente decía Lázaro: «Ayer, lunes, no se habló en casa de Emilia sino de la visita de usted. ¡Dios mío lo que aquellas señoras nos contaron y con qué entusiasmo! Dice un crítico alemán que Goethe dejaba iluminado su camino: algo de esa luz vimos ayer los que visitamos a Emilia».

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