EL «TITIVILLUS» EN LA BIBLIOTECA LÁZARO GALDIANO


Por María Agujetas Ortiz

Los libros manuscritos son una gran fuente de conocimiento, puesto que permiten descubrir las inquietudes sociales de distintos periodos históricos. La elaboración y reproducción de estos suponía un gran esfuerzo, dado que se realizaba manualmente. Los copistas de la Biblia Sacra del Monasterio de San Pedro de Valeránica, Florencio y Sancho, al concluir su tarea, en el año 960, se representan en el códice, brindan con copas en la mano y expresan su satisfacción en la página donde aparece la Omega final: «Bendigamos al rey del Cielo que nos permitió llegar incólumes al fin de este códice», dice Florencio, y Sancho responde: «También yo repito, bendigamos a Dios por los siglos de los siglos, y que nos lleve a ambos al reino de los cielos». Este arduo trabajo, que a veces rozaba el tedio entre los escribas y copistas, con frecuencia daba lugar a errores, transmitidos en copias posteriores. La explicación dada en el propio medievo es que había un pequeño demonio que se introducía en los scriptoria, estancias de los monasterios en las que se realizaban las copias, o en los hogares de los copistas para confundirlos y distraerlos.

El nombre dado a semejante ser maléfico fue titivillus. Se desconoce el origen del término, aunque varios estudiosos han especulado con su procedencia. André Vernet, por ejemplo, vincula la palabra con la diosa romana Titilina, encargada de guardar de forma segura el grano recogido en los campos. Thomas Elyot, en 1538, sostenía que era un vocablo carente de significado. Sin embargo, varios eruditos coinciden en sus afirmaciones: el origen puede ser onomatopéyico, ya que recuerda al tintineo de los tinteros.

A menudo aparecía representado en miniaturas, caracterizado con un saco en la espalda, donde portaba los errores cometidos por los escribas y copistas medievales para llevarlos al infierno y tenerlos en cuenta el día del Juicio Final. Su empeño por obnubilar la lucidez de quienes se dedicaban a esta profesión se distingue en la presencia de palabras sincopadas, confusiones de línea, tachones e incluso en borrones de tinta sobre el pergamino. Asimismo, se le atribuye la tarea de distraer tanto a los asistentes al servicio religioso como a quienes daban el sermón. Esto explica el parloteo ocioso y la falta de atención de los fieles que distraían al clérigo, quien también padecía los propósitos malignos del titivillus por medio de una pronunciación incorrecta o el tartamudeo.

Estos fallos se repitieron en ejemplares impresos durante siglos más tarde. Uno de los casos más sonados es el de los impresores ingleses Robert Barker y Martin Lucas que, en 1631, recibieron el encargo de editar una tirada de 1000 ejemplares de la Biblia. El error que cometieron en el sexto mandamiento hizo que el rey Carlos I de Inglaterra y Escocia entrara en cólera. Olvidaron incluir el adverbio de negación «not»; de esta forma, quedó como mandamiento del Señor «Thou shalt commit adultey». Además de la considerable multa con la que fueron castigados los impresores de la conocida como «Biblia de los pecadores», el rey ordenó recoger y quemar toda la edición, dado que el texto estaba maldito. Se afirma que hoy día quedan alrededor de 9 biblias malditas por el mundo.

La Biblioteca Lázaro Galdiano alberga numerosos libros manuscritos e impresos donde se aprecian las acciones del titivillus. José Lázaro Galdiano acopió un importante número de extraordinarios libros de horas y algunas hojas sueltas. La creación de estos textos comenzó a mediados del siglo XIII, continuó en el XIV y triunfó en el XV. El éxito se debe a la exquisita iluminación cristiana que ilustraba los escritos de estos códices: rezos, letanías, salmos, oraciones a los santos y a la Virgen María e incluso calendarios. A partir del siglo XVI, la Inquisición censuró y persiguió tales textos por contenido y falta de rigor religioso. Además, los fieles comenzaron a tratarlos como objetos de buena fortuna, es decir, adquirieron un valor supersticioso que no gozaba del beneplácito de las esferas eclesiásticas. La Biblioteca Lázaro Galdiano cuenta con un ejemplar –el Libro de horas del maestro del Misal de Troyes, elaborado en torno a 1440–, que contiene el titivillus en una de sus iluminaciones, concretamente, en la que aparece san Juan Evangelista. El titivillus se deja ver en la esquina inferior izquierda, justo detrás, probablemente, para que no se percatase de su presencia ni de que ansiaba introducir errores en el tintero, con la intención de que san Juan lo trasladase después al soporte en el que escribía.

1. Libro de horas de maestro del Misal de Troyes.
Troyes, hacia 1440. RB 7.

Asimismo, el bibliófilo José Lázaro Galdiano aunó varias biblias. En alguna se localizan marcas de quienes revisaron el texto y señalaron los errores que el titivillus había hecho cometer al escriba; así, futuros copistas repararían en el desliz y lo evitarían en la nueva reproducción. Juan Antonio Fernández Pascual, erudito, investigador y bibliófilo fue el propietario de una biblia medieval en latín que, por razones desconocidas, llegó a las manos de José Lázaro. En la Biblioteca se conserva esta Biblia Sacra Manuscrita Membranacea del siglo XIII (IB 15442/15443), de la que Fernández Pascual estudió con detenimiento las cuestiones paleográficas. Se encuentran, pues, casos como el del vocablo «ditabit», (fig. 2, Los Reyes, Libro I, 25) que está sopuntado con el fin de que otro copista o lector reparara en esta confusión. El término presenta dos puntos bajo las letras «i» y «t», esto explica que la copia debía prescindir de estos grafemas y quedar la forma «dabit». En el mismo códice, se aprecia en la secuencia «Domine factum est ut imperasti, et adhuc locutus est» (fig. 4, Lucas, XIV, 22) que «locutus» se halla sopuntado. La morfología correcta era «locus», según la norma de los puntos. La Biblioteca Lázaro Galdiano conserva otra Biblia (IB 15289) datada en el siglo XIII y manuscrita en el mismo lugar, París. En las otras dos imágenes (figs. 3 y 5) se observa que las palabras presentan la forma acertada; así pues, se concluye que el pequeño ser demoniaco, el titivillus, anduvo detrás del copista de la Biblia Sacra para confundirlo.

2. Biblia Sacra (hacia 1260-1270). IB 15442, p. 6.
3. Biblia (hacia 1220-1230). IB 15289, f. 75r.


4. Biblia Sacra (hacia 1260-1270). IB 15443, p. 684.
5. Biblia (hacia 1220-1230). IB 15289, f. 365v.

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