Lope de Vega en el Libro de retratos de Francisco Pacheco


Por Juan Antonio Yeves Andrés

El pintor Francisco Pacheco (1564-1644), maestro de Alonso Cano y de Velázquez, escribió el Libro de descripción de verdaderos retratos, de illustres y memorables varones, uno de los manuscritos más bellos del Siglo de Oro, para mantener viva la memoria de notables ingenios de su época. Iniciado en 1599, reúne una parte muy notable de la producción artística de Pacheco y le ha proporcionado justa fama como retratista. Además incluye las «memorias, relaciones y eloxios» de aquellos varones, porque no quería que se perdiera la «memoria de tan insignes sujetos».
En esta ocasión el manuscrito se muestra por la imagen de Lope de Vega (1562-1635), uno de los pocos que no conserva la semblanza del retratado. Por fortuna, el panegírico escrito por Pacheco se encuentra en la Jerusalén conquistada, publicada en Madrid por Juan de la Cuesta en 1609. El editor, Baltasar Elisio de Medinilla, señala expresamente que el elogio se ha «sacado del libro de retratos que hace Francisco Pacheco en Sevilla de los hombres en nuestra edad insignes». Más tarde, en 1620, cuando se publicó la Parte catorze de las comedias de Lope de Vega, éste dedicó La gallarda toledana a Francisco Pacheco, «pintor insigne», recordando especialmente el Libro de retratos cuando escribió: «Años ha que en su famoso libro puso V. m. el mío, como suele naturaleza el lunar en las hermosas, para que mi ignorancia hiciese lucir la fama de tantos doctos».

IB.15654 (108r)

Retrato de fray Lope de Vega en el Libro de Retratos de Francisco Pacheco. Manuscrito (1599-1644). Biblioteca Lázaro Galdiano, Inventario 15654.

Conviene recordar ahora aquel «elogio» que hizo Pacheco para incluirlo en su Libro de retratos, junto —como dijo Lope de Vega— «al divino Herrera, a los dos Franciscos, Medina y Pacheco, Figueroa, Cetina y otros iguales (si iguales tienen) todos muertos, y todos vivos pues su pluma y pincel no los podrá acabar la condición del tiempo, viéndolos en su libro, le den gracias y apliquen a sus fisonomías sus ingenios». Se publicó en la Jerusalén conquistada de Lope de Vega en 1609.

Elogio de Francisco Pacheco al retrato de Lope de Vega.

Esta es la efigie de Lope de Vega Carpio a quien justísimamente se concede lugar entre los hombres eminentes y famosos de nuestros días, y cuando por este sujeto solo hubiera dado principio a mi obra, pienso que no sería trabajo mal recibido ni sin premio de agradecimiento, que en los tiempos venideros me concederán por él los que, no habiendo podido gozar del original, gozaren del fiel traslado de este varón que tan conocido es, ha sido y será en la más dilatada parte de la tierra donde se tuviere noticia de buenas letras, porque las obras suyas (famosas entre las que se leen de su género) ninguna remota parte las ignora, antes con debida admiración las procura, porque en ellas se juntan las partes que raras veces en una concurren, porque nunca la naturaleza es tan pródiga que al que concede alto natural le conceda alto entendimiento con que procura el arte, y a quien concedió alcanzar el arte le concedió tan poco natural que no le sirve. Y la vez que arte y natural se juntan (grande desperdicio de naturaleza) se desaviene y aparta tanto de ellos la imaginativa que esta falta se conoce en sus obras, mas en las de Lope de Vega vemos en la facilidad de su vena el natural grande, en la abundancia de sus escritos la mucha imaginativa, en los nervios y disciplina de sus versos el entendimiento y arte tan juntos, tan perfectos que tendría por osado a quien juzgase sin temor grande cual parte de estas es más excelente en él. Del abulense Tostado se advierte por justa grandeza que, repartida la cantidad de sus obras con la de sus años, sale cada día a tres pliegos de escritura y ha habido curioso que en buena aritmética ha reducido a pliegos las obras de Lope de Vega, y contando hasta el día de hoy todos los de su vida respectivamente no es inferior su trabajo y estudio. Él ha sido cierto en España (salva emulación que siempre sigue a la virtud) el poeta solo que ha puesto en verdadera perfección la poesía: porque, aunque a Garcilaso de la Vega se le debe la gloria de los primeros versos endecasílabos que hubo en España buenos, fue aquello tan poquito que no pudo servir de más que de dar noticia que se podría aquistar aquel tesoro. Pero el que verdaderamente lo ganó y lo posee es Lope de Vega, y si alguno (cuyo ingenio y escritos no ofende esta alabanza) no la admite, antes que la repruebe me diga ¿qué poeta lírico ha tenido Italia (madre de esta ciencia) que se aventaje a Lope de Vega? Los mejores que de Italia han impreso he leído (aunque con mal conocimiento) pero en sus bellísimos escritos no se leen más apretados sentimientos, más dulces quejas, más puros conceptos, más nuevos pensamientos, más tiernos afectos que en las obras de Lope de Vega. Él ha reducido en España a método, orden y policía las comedias, y puedo asegurar que en dos días acababa algunas veces las que admiraba después el mundo y enriquecían los autores, y no solo la poesía ha perfeccionado, pero la música le debe igual agradecimiento, pues la variedad de sus versos y la blandura de sus pensamientos le ha dado materia en que con felicísimo efecto y abundancia se sustente, y ocasión justísima a los artífices de los tonos para osar igualar el artificio y dulzura de ellos a la dulzura y artificio de sus letras. Las cosas dignas de ponderación hacen parecer apasionados de ellas a los que las escriben, y si yo lo pareciere de Lope de Vega de manera que se me pueda poner por objeción, remítome a las obras que se conocen suyas. Remítome al poema heroico de su Jerusalén, que pienso que tres o cuatro que hay en España de este género no se ofenderán de que se le conceda el primer lugar. Remítome a su Arcadia, donde consiguió con felicidad lo que pretendió, que fue escribir aquellas verdaderas fábulas a gusto de las partes. Sea buen testigo la Dragontea (el más ignorado de sus libros que, como hacienda de grande rico, lo olvidado y accesorio fuera principal riqueza en otros). El Peregrino en su Patria es el quinto libro. Otro intitulado Rimas, mina riquísima de diamantes y ricas piedras, no en bruto, no, sino labradas y engastadas con maravillosa disposición y artificio. El poema de la Hermosura de Angélica enseña bien la del ingenio de su autor, que alcanzó más diferentes ideas de hermosura que la misma naturaleza. Y por último (aunque segundo de los que escribió) dejó el poema castellano Isidro que, como refiere en él, lo llamó así por serlo los versos y el sujeto, a cuyo alto concepto debe nuestra nación perpetuo agradecimiento y loores, pues no sin mucho acuerdo y amor de su patria eligió para tratar la vida beata de aquel santo las coplas castellanas y propias, porque las naciones extranjeras notasen que la curiosidad ha traído a España sus versos y cadencias y no la necesidad que de ellos hubiese: pues arribando este libro gloriosamente a la más alta cumbre de alabanza, nos enseña que son los versos castellanos, de que se contiene capaces de tratar toda heroica materia. Las comedias que ha escrito, ya vemos por los títulos de ellas impresos en el libro del Peregrino que son tantas, que es menester para creerlo que cada cual sea, como lo es, testigo de la mayor parte de ellas, sin más de otras tantas que después de aquella impresión ha escrito con que llegaran a quinientas. De los versos sueltos y derramados que ha hecho a diferentes sujetos y efectos oso asegurar dos cosas: la una, que es de lo mejor que ha escrito, la otra, que es más que de lo que está hecho mención. El en fin (cuando con más modestia le queramos loar) es igual al que con más gentil espíritu ha alcanzado en esta facultad nombre ilustre en España en cada cosa que le queramos comparar, y superior a todos en tres cosas que en ningún ingenio se han juntado más felizmente que en el suyo: facilidad, abundancia y bondad. Y así no dudo que la antigüedad le llamará hoy hijo de las musas mejor que al poeta de Venusia, por quien las ciudades de España pudieran competir con Madrid (dichosa patria suya) como los argivos, rodios, atenienses, salaminos y esmirneos, por aquistar el título de la de Homero. Sirvió Lope de Vega en los primeros años de su juventud al ilustrísimo Inquisidor general y obispo de Ávila, don Gerónimo Manrique, a quien él confiesa en sus obras, que debe el ser que tiene. Después al excelentísimo duque de Alva, de gentilhombre y en el oficio de secretario, y años después lo fue del excelentísimo marqués de Sarriá, hoy conde de Lemos, de los cuales fue amado y estimado justamente su ingenio y partes, por las cuales fue codiciado con aventajados gajes y mercedes de muchos Grandes de España para la misma ocupación, a que tenía su ingenio una correspondencia admirable. Y porque como he dicho sus obras son el verdadero elogio de su vida, yo debo dar fin a este con esta estancia, que a su retrato escribió don Juan Antonio de Vera y Zúñiga:

Los que el original no habéis gozado,
Gozad del fiel traslado los despojos,
Dad gracias por tal bien a vuestros ojos,
Y a Pacheco las dad por tal traslado:
Será el uno y el otro celebrado
Del negro adusto a los flamencos rojos,
Causando ambas noticias igual gusto,
Desde el rojo flamenco al negro adusto. 

 

Lope

Retrato de Lope de Vega y Elogio de Francisco Pacheco en la Jerusalén conquistada (1609). Biblioteca Lázaro Galdiano, Inventario 8181.

 

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