Literatos y pintores. I. Manuel Fernández y González


 

 

Por Juan Antonio Yeves

En marzo y abril de 1888, José Lázaro publicó dos artículos en La Vanguardia de Barcelona con el título «Pintores y literatos» donde se ocupaba de las relaciones entre ambos, no siempre fraternales, y recordaba cómo Francisco Pacheco suavizó en alguna ocasión asperezas entre sus contertulios. En esa fecha, cuando contaba veintiséis años, no podía imaginar que uno de los libros más bellos del Siglo de Oro, el Libro de retratos de Francisco Pacheco, llegaría más tarde a los anaqueles de su biblioteca con la efigie y la semblanza de aquellos personajes que acudían a la academia del pintor sevillano. Además, con este epígrafe señalaba, de alguna manera, el rumbo que deseaba tomar o la senda que quería seguir, la de la literatura y el arte, pues sabemos que al final de su vida deseaba que se le recordase especialmente como editor y coleccionista, tanto de arte como de libros.
Esta cabecera sirvió también de inspiración para el proyecto de investigación, La literatura y las artes en epistolarios del siglo XIX, que mantenemos vivo porque nos ayuda a conocer el entorno cultural en el que le tocó vivir a José Lázaro. Por eso, bajo este epígrafe, Literatos y pintores, comenzamos una serie en la que el propio Lázaro o sus contemporáneos perfilarán la semblanza de personajes de la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX. Muchos están olvidados hoy y sus obras literarias no se leen o sus creaciones artísticas no están de moda. Pero el objetivo no es juzgar al personaje o su obra con la perspectiva que permite el paso del tiempo, ni siquiera recordar su fortuna crítica a lo largo de un siglo, sino descubrir las lecturas de aquella generación, las obras de arte que apreciaban, los gustos y las preferencias literarias y artísticas imperantes durante aquellos años y, además, con testimonios contemporáneos.
Comenzaremos con la semblanza de un escritor, Fernández y González, que debemos al propio Lázaro, publicada en La Vanguardia el 11 de enero de 1888.
Lo que en su día fue su crónica necrológica sirve hoy para hacer memoria de su nacimiento, el 6 de diciembre de 1821, es decir, cuando se cumplen 194 años. Manuel Fernández y González nació en Sevilla, estudió en Granada –era «El Poetilla» de la Cuerda Granadina– y se trasladó a Madrid, donde también figuraba entre los integrantes de La Colonia Granadina, agrupaciones en las que Pedro Antonio de Alarcón tuvo especial protagonismo. Se dedicó por completo a la literatura, que fue «su propio sostén, el de su familia y el de la casa paterna», según Alarcón. Se le puede considerar como el autor más representativo de la novela por entregas o de folletín, aunque también escribió novelas históricas, poesías y dramas. Entre sus novelas destacan Bernardo del Carpio, La batalla de Lepanto, Los siete infantes de Lara, El pastelero de Madrigal o José María el Tempranillo.

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Manuel Fernández y González

Sigue el texto José Lázaro, lector y admirador del escritor sevillano.

Fernández y González
Cuando el telégrafo trajo la triste nueva del fallecimiento del poeta, todos lo sentimos como si se tratara de un individuo de la familia.
Y es que la generación actual se ha educado leyendo sus novelas y aplaudiendo sus dramas.
Recuerdo todavía con especial deleite la impaciencia con que en mis años juveniles esperaba yo al repartidor que había de traerme las últimas entregas que burlando la vigilancia de padres y maestros leía con avidez en lugar de aprenderme de memoria los versos defectivos de aquel Nebrija, mortificación eterna de la gente estudiantil.
Fernández y González era para mí en aquellos días el primer novelador del mundo. ¿Para qué estudiar historia, como nos la hacían estudiar entonces, si en junio no habíamos de recordar una palabra?
La verdadera historia la escribía Fernández y González, que nos presentaba un Cid de carne y hueso, más real y más grandioso que el que explicaba el profesor; un Cid con el que yo soñaba llegar a ser famoso sirviéndole de escudero cuando mi imaginación excitada por las brillantes descripciones e ingeniosos enredos del poeta me trasportaba a los pasados tiempos en que luchaban los soldados por su Dios, por su patria y por su dama; un Cid más grande que el rey a quien antes de entregarle la corona le exigía juramento de no haber tenido parte en la muerte que a su hermano dio Bellido Dolfos en el cerco de Zamora; el Cid, aquel, en fin, amante de Jimena, la mujer más simpática de la historia según la describía nuestro autor.
Fernández y González nos enseñó a conocer a don Álvaro de Luna, don Juan II, Enrique IV, Isabel la Católica, Bernardo del Carpio y, en una palabra, los más gloriosos hechos y hombres de la historia patria presentados con tal arte a nuestros ojos, que ni los cronistas españoles, Fernando del Pulgar inclusive, lo hubieran hecho mejor, tal era mi candidez entonces y tal la adoración que sentíamos por el autor de El cocinero de Su Majestad.
Recuerdo que muchas veces la voz severa de mi padre me decía: deja esos novelones y lee el Don Quijote, orden que obedecía de momento, volviendo luego a las andadas, porque para mí los capítulos de la novela de Cervantes eran más insulsos, más pobres de concepción y más ramplones que los de El tributo de las cien doncellas; Roque Guinart era un bandido vulgar al lado de los bandoleros de mi predilecto autor, y las duquesas de Cide Hamete Banengeli unas mujeres cargantes al lado de aquellas otras apasionadas, sensibles, resueltas, y a veces libres y otras recatadas, de Fernández y González.
La experiencia y estudios posteriores me hicieron comprender mi mal gusto literario y colocar en su punto el mérito que a cada cual le corresponde.
Fernández y González era un genio extraviado, pero genio, al fin, que sacrificó su inteligencia al gusto pervertido del público de su tiempo, que arrebataba de las librerías los tomos de sus obras.
Ha sido tan fecundo como Lope; deja en suma más escrito que el Tostado, y creo que, con todo, rara será la obra suya que la posteridad estudie con deleite.
Don Manuel de la Revilla le llamaba «el Comella» de la novela, en lo que el ilustrado crítico estaba, en mi concepto, exagerado, pues en invención, soltura y corrección de estilo era infinitamente superior al poeta del tiempo de Carlos IV.
No tuvo Fernández y González toda la culpa de sus extravíos literarios, correspondiendo una buena parte de ella a sus editores, que en momentos de escasez pecuniaria le exigían a cambio de anticipos la continuación de obras que solo hubieran tenido un tomo y que era preciso estirar a dos y tres, para no perder el filón que el sinfín de suscritores proporcionaba a la casa editorial.
Esto hacía que la acción pasara de generación en generación hasta el punto de que apenas hay héroe de Fernández y González a quien no se le haya dado sucesor, todo lo cual, juntamente con los largos y en ocasiones impertinentes episodios que intercalaba, hace que la mayoría de sus libros resulten monstruosos, aunque siempre al través de sus defectos revelen en el autor inteligencia esclarecida y dotes de corazón, y fantasía indispensables a todo buen poeta.
No obstante las ganancias que realizó, que según confesión propia llegaron a ser de verdadera importancia, ha muerto en la miseria, dejando en ella sumidos a su viuda e hijo, que hubieran tenido que mendigar de puerta en puerta si el magnánimo corazón de la piadosa madre de todos los desgraciados españoles, S. M. la reina, no se hubiera encargado de darles con su protección el alimento espiritual y corporal qua necesiten. La verdadera causa de la pobreza de Fernández y González es la misma de los demás ingenios que fiados en su talento, el mejor capital qua puede tener el hombre, solo piensan en el hoy sin acordarse del mañana. Casi a nadie que tiene valiosa inteligencia y la cultiva, le faltan recursos como jornal de su trabajo unos y como signo de gratitud de sus admiradores y mecenas otros; por esto nos incomoda oír a ciertos periódicos decir evidentes blasfemias contra la patria sacando a cuento la pobreza de Cervantes, quien lo mismo que Fernández y González, no solo vendió numerosas ediciones de sus libros y disfrutó destinos públicos, sino que tuvo tan generosos y espléndidos protectores como el conde de Lemos y el Ilmo. arzobispo de Toledo Sandoval y Rojas, igual que el poeta a quien hoy lloramos, que fue protegido por la real familia, a quien toda la vida se mostró sumamente agradecido.
No son las ingratitudes y abandono de la patria quienes tienen la culpa de estas desdichas sino la desgracia que, como dice Cervantes, persigue al buen ingenio. Siempre el mismo cantar y el mismo cuento; siempre en guerra la dicha y el talento ha dicho Campoamor, dando en el clavo en una cuestión tan traída y llevada todos estos días.
Otra de las causas de que a Fernández y González haya vuelto últimamente la espalda la fortuna está patente en el encarrilamiento que por el buen camino ha seguido la novela en los modernos tiempos. El libro estudiado, comedido, escrito con primor y con arreglo al gusto predominante hoy día ha reemplazado a la novela de imaginación, hija del capricho, que con tanta facilidad cultivó Fernández y González, digno por todos conceptos de que los que tanto nos hemos deleitado con sus escritos depositemos en su tumba una corona en señal de la gratitud, admiración y respeto que una larga y penosa vida consagrada al cultivo de las letras nos merece a los que seguimos sus huellas, sin la esperanza de que al morir se ponga en nuestro epitafio: «Fue poeta».
Lázaro.

Autógrafo

Como colofón reproducimos un autógrafo que José Lázaro publicó como imagen en una obra ilustrada, que él editó cuatro años más tarde cuando ya residía en Madrid. El libro se titulaba Novelas y caprichos: Almanaque de La España Moderna para el año 1892, Madrid: La España Moderna, [1892]. Este soneto aparece en la página 174.

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