El Libro de Retratos en el 450 aniversario del nacimiento de Francisco Pacheco


Exposición: 9 de junio a 29 de septiembre 2014.
Museo Lázaro Galdiano. Sala 2. Serrano 122. Madrid.
Miércoles a lunes de 10 a 16.30 h. Domingo hasta las 15 h. Martes cerrado.

Por Juan Antonio Yeves Andrés

El pintor Francisco Pacheco (1564-1644) es recordado por ser el maestro de Alonso Cano y de Velázquez. No menos importante fue su labor teórica en Sevilla en las primeras décadas del siglo XVII, donde escribió el Arte de la pintura, su antigüedad y grandezas.

Pacheco es también el autor del Libro de descripción de verdaderos retratos, de illustres y memorables varones, uno de los manuscritos más bellos del Siglo de Oro, en el que pretendió mantener viva la memoria de algunos de los más insignes ingenios de la época. Este Libro, iniciado en 1599, reúne una parte muy notable de la producción artística de Pacheco y le ha proporcionado justa fama como retratista. En él trazó las semblanzas según el ideal humanístico de la integración de literatura y arte y la tradición clásica de los Viris illustribus, con el deseo de que permaneciesen «sin apartarlos ni dividirlos, con sus memorias, relaciones y eloxios, porque no se pierda memoria de tan insignes sujetos».

«¡Qué admirables retratos! ¡Qué sabrosa prosa, qué preciosos versos!… Abrir ese libro es pasar una hora de encanto y de provecho en compañía de aquellos fútiles ingenios que el lápiz y la pluma del gran Pacheco resucita a nuestros ojos maravillados». Estas palabras de Juan Francisco Ibarra sobre el Libro de retratos, en carta de 30 de diciembre de 1920, dan cuenta de la emoción que sintió al recibir una copia del manuscrito y documentan la fecha de la «soberbia adquisición» –en estos términos se menciona– que acababa de realizar José Lázaro. Él mostró con orgullo este manuscrito –uno de los más renombrados de la biblioteca que lleva su nombre– a quienes visitaban Parque Florido, su residencia madrileña, y en la exposición que organizó con obras de su biblioteca en París, en 1936, como «el más famoso libro español». Coincidiendo con algunos críticos de la época, Lázaro decía que en él había intervenido la mano de Velázquez.

En esta ocasión, al exponerse el Libro de retratos en una de las salas del Museo Lázaro Galdiano, se verán cuatro de los cincuenta y seis que se conservan en el volumen; el primero el de fray Luis de León, durante el mes de junio, y los otros en julio, agosto y septiembre. En la exposición también se encuentran dos primeras ediciones de obras de Lope de Vega –la Jerusalén conquistada, con un retrato del autor y la semblanza escrita por Francisco Pacheco y el Laurel de Apolo, donde le alabó el Fénix– y la Carta ejecutoria de hidalguía de Arias Pardo de Cela, de 1601, con pinturas de Diego Gómez, artista del círculo sevillano de Pacheco. Las cuatro obras conforman una muestra de joyas bibliográficas reunidas por José Lázaro, reducida pero única por el mérito de los dibujos y pinturas y por ser reflejo del ambiente literario y artístico existente en torno a 1600 en Sevilla, donde tuvo especial protagonismo Pacheco. Las obras de Lope de Vega lo recuerdan y se exponen también al conmemorar el 450 aniversario de su nacimiento.

Pacheco

Retrato de fray Luis de León en el Libro de Retratos de Francisco Pacheco. Manuscrito. 1599-1644. Inventario 15654.

En las semblanzas o elogios de los personajes retratados no siempre aparece la descripción pero Francisco Pacheco sí hace la de fray Luis: «fue pequeño de cuerpo en devida proporción; la cabeça grande, bien formada, poblada de cabello algo crespo i el cerquillo cerrado; la frente espaciosa, el rostro más redondo que aguileño (como lo muestra el retrato), trigueño el color, los ojos verdes i vivos».
Podemos decir que Pacheco sigue al pie de la letra el esquema que había trazado para los elogios de este libro «único»: en primer lugar presenta al personaje de forma retórica con un panegírico, después reseña sus orígenes y le describe en «lo natural» y en «lo moral» (genus, natio, patria, aetas), sigue con precisiones sobre su formación o educación (educatio e disciplina), añade otros detalles referentes a sus habilidades y trabajos (studia e opera) para destacar después algunas grandezas o calidades y concluir con los detalles relativos a su muerte.
No vamos a recordar los datos biográficos, la excelencia de su ingenio, su juicio y prudencia en materias de gobierno o la trayectoria académica del ilustre agustino, hechos de los que también hace memoria Pacheco, pero sí que podemos mencionar otros aspectos de su personalidad, de los que da testimonio el pintor sevillano en el elogio, además de plasmar con singular maestría la nobleza de su alma y su profunda humildad en la gravedad del rostro que precede al texto. Además, nos dice que era una persona «con especial don de silencio, el ombre más callado que se a conocido, si bien de singular agudeza en sus dichos; con extremo, abstinente y templado en la comida, bebida i sueño; de mucho secreto, verdad i fidelidad; puntual en palabra i promesas; compuesto, poco o nada risueño».
El elogio de fray Luis de León después de su muerte, pues se menciona su fallecimiento y el traslado de sus restos al convento de San Agustín de Salamanca. Pacheco completa el elogio con unos versos de Lope que comienzan: «Agustino León, Frai Luis divino», tomados de su Laurel de Apolo, que vio la luz en 1630. Debió incorporar por lo tanto más tarde de esa fecha el retrato, dibujado a partir de otro, y el elogio a su galería de personajes.

Jerusalén conquistada de Lope de Vega. Madrid: Juan de la Cuesta, 1609.
Inventario 8181.

La obra incluye el elogio de Lope de Vega escrito por Pacheco para el Libro de retratos, sin embargo en el manuscrito de Pacheco, el retrato que se identifica como el de Lope aparece sin nombre ni semblanza. El editor de la Jerusalén conquistada, Baltasar Elysio de Medinilla, dice claramente que el elogio procedía del famoso manuscrito:

Aviendo llegado a mis manos este Elogio, sacado del libro de retratos que haze Francisco Pacheco en Sevilla, de los hombres en nuestra ciudad insigne, quise comunicarle a los aficionados a los escritos de Lope sin voluntad y consentimiento suyo, aviendo quedado a corregir la impression de su Ierusalem en ausencia suya.

En 1620, cuando se publicó la Parte catorce de las novelas de Lope, éste dedicó La Gallarda Toledana a Pacheco, el «pintor insigne». Lope recuerda especialmente el Libro de retratos cuando dice a Pacheco:

Nació vuestra merced con ingenio sin invidia, parécenle bien los ajenos, celebra los que saben, honra los que supieron, y solicita no solo hacer inmortal la memoria de sus escritos, sino también las efigies de sus rostros con sus retratos. Años ha que en su famoso libro puso vuestra merced el mío, como suele naturaleza el lunar en las hermosas, para que mi ignorancia hiciese lucir la fama de tantos doctos […] Y aunque en la dirección desta fábula pudiera dilatarme, tiene vuestra merced en la pintura y poesía tan merecidas alabanzas, que todo elogio excediera, no solo precisos términos de carta, pero del mayor libro. Préciese la gran patria de vuestra merced, Sevilla, de un hijo tan célebre y por quien aquelas felicísimas edades están presentes y los que no hubieren conocido al divino Herrera, a los dos Franciscos: Medina, y Pacheco, Figueroa, Cetina y otros iguales (si iguales tienen), todos muertos y todos vivos, pues por su pluma y pincel no los podrá acabar la condición del tiempo, viéndolos en su libro, le den gracias y apliquen a sus fisionomías sus ingenios. Al de vuestra merced, rico de cuanto es bueno, útil y deleitable, ofrezco la comedia cuyo título es La Gallarda Toledana, que hubiera merecido más propiamente, si ese pincel la retratara y no mi ruda pluma, pero sirva de señal de amor, afecto de mi deseo y rendimiento de mi obligación.

Retratos de Lope de Vega en la Jerusalén conquistada (1609) y en el Laurel de Apolo (1630)

Retratos de Lope de Vega en la Jerusalén conquistada (1609) y en el Laurel de Apolo (1630)

Laurel de Apolo de Lope de Vega. Madrid: Juan González, 1630.
Inventario 8179.
En este poema narrativo de intención didáctica, dedicado a Juan Alfonso Henríquez de Cabrera, Almirante de Castilla, Lope rinde de nuevo homenaje a Pacheco, comparándolo con Apeles y mencionándolo junto a Fernando de Herrera en la silva segunda. Ambos se encuentran entre los cientos de escritores y pintores de mayores méritos, convocados por la Fama a través de la pluma de Lope, y de los que éste quiere que se conserve su memoria. Le mueve pues el mismo propósito que a Pacheco cuando realizó su Libro de retratos. Lope lo hace en seis mil ochocientos setenta y cinco versos, agrupados en diez silvas, dejando así prueba de su cultura y memoria literaria.

De Francisco Pacheco los pinceles
Y la pluma famosa
Igualen con la tabla verso y prosa.
Sea bético Apeles,
Y como rayo de su misma esfera
Sea el planeta con que nazca Herrera,
Que viniendo con él y dentro della,
Adonde Herrera es sol, Pacheco estrella.

Esta particular convocatoria de la Fama, tuvo lugar en 1629, cuando Fernando Herrera había fallecido, Francisco Pacheco había cuidado la edición de las poesías del autor sevillano y en el rostro de Lope, como se aprecia en el retrato estampado por Juan de Courbes, se reflejaban claramente los veinte años transcurridos desde su aparición en la Jerusalén conquistada.

Pardo

Carta ejecutoria de hidalguía de Arias Pardo de Cela. Manuscrito, Granada y Sevilla, 1601. Inventario 15437.

El volumen contiene la carta ejecutoria de hidalguía a petición de Arias Pardo de Cela, vecino de la ciudad de Sevilla, fechada en 14 de abril de 1601 en Granada y refrendada por el escribano Blas Valera, cuya firma se encuentra junto a las de los testigos Diego Mejía de Frías, Alonso de Erasso y Bernardino de Ulloa Carvajal. Posteriormente se añadió el testimonio de la presentación de la Carta ejecutoria en el cabildo de Sevilla del escribano Francisco Ramírez el 4 de mayo de 1601.
Lo que más sobresale en este documento son las escenas pintadas por Diego Gómez, que hacen alusión a la limpieza de sangre y condición hidalga del solicitante y que tienen notable mérito artístico, muy superior a las que se encuentran en otros contemporáneos, casi siempre sin la firma del pintor. Las ilustraciones que ocupan toda la hoja representan a Cristo crucificado en el Calvario, la Inmaculada tota pulchra, que deriva de la mujer del Apocalipsis vestida del sol, con la luna debajo de sus pies y corona de doce estrellas en la cabeza, y finalmente el apóstol Santiago en la batalla de Clavijo.

Tiene interés también la iconografía de las escenas que aparecen en los óvalos o círculos de las orlas, alrededor de estas imágenes. En torno a la escena del Calvario aparecen los cuatro evangelistas y los episodios bíblicos del sacrificio de Isaac, Jonás y la ballena y José arrojado al pozo por sus hermanos. La orla que rodea la imagen de la Inmaculada incluye escenas e imágenes como el ejército de los israelitas ante el Mar Rojo, la escala de Jacob, el trono de Salomón, el árbol de la vida y la zarza ardiente. Alrededor de la escena de Santiago, se encuentran entre flores y figuras fantásticas san Pablo en el momento de la degollación, san Francisco de Asís, san Antonio de Padua, san Diego de Alcalá y san Cristóbal. Finalmente, en torno al escudo de armas se disponen atributos militares y figuras de santas mártires: santa Catalina, santa Lucía, santa Apolonia, santa Bárbara y santa Isabel de Hungría. A lo largo del texto encontramos iniciales de adorno, preciosas las de mayor tamaño, en especial la que se encuentra en el verso de la hoja 68 con el retrato de Felipe III.

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