Gertrudis Gómez de Avellaneda y Emilia Pardo Bazán: la cuestión académica (Primera parte)


Reeditamos en esta ocasión dos cartas de Emilia Pardo Bazán a Gertrudis Gómez de Avellaneda que se publicaron en el segundo tomo de La España Moderna, revista dirigida por José Lázaro Galdiano. Aparecieron en febrero de 1889 y son el inicio de una polémica que continuará en los años siguientes, en parte alimentada desde la revista y también desde la editorial homónima, ambas propiedad de José Lázaro. Emilia Pardo Bazán, eficaz colaboradora en los inicios de aquella aventura editorial, contaba con esta tribuna excepcional para dar a conocer sus obras o para que se hablase de ellas y, también, para participar en polémicas, como las que surgieron después de este artículo o epístola literaria dirigida a Tula (Gertrudis).
Al publicar estas cartas recordamos el último libro de las Epístolas de Petrarca. El  humanista y filólogo italiano se dirigía a grandes hombres de la época clásica, a quienes considera sus iguales, y, de la misma manera, doña Emilia escribió estas dos cartas a su «excelsa compañera», Gertrudis Gómez de Avellaneda, fallecida dieciséis años antes y, por eso, en existencia dichosa en los Campos Elíseos. Tanto una como otra se encontraron en la misma situación y les tocaron «gestiones y desengaños parecidos», al plantearse la cuestión de si las mujeres podían o no ser admitidas en la Academia.

Federico de Madrazo: Gertrudis Gómez de Avellaneda    José Sellier Loup: Emilia Pardo Bazán

Federico de Madrazo: Gertrudis Gómez de Avellaneda             José Sellier Loup: Emilia Pardo Bazán

LA CUESTIÓN ACADÉMICA
A GERTRUDIS GÓMEZ AVELLANEDA
(EN LOS CAMPOS ELÍSEOS)

Carta I.

Mi excelsa compañera Tula: No lleves a mal que por breves momentos distraiga tu espíritu, entretenido, sin duda, en vagar por los amenos valles de esa región feliz. Acuérdate de la tierra donde viviste, y déjame contarte algo de lo que en ella sucede.
Es el caso que un periódico de esta corte, llamado El Correo, inserta en su número del 24 del presente mes cuatro epístolas tuyas, con el título «Las mujeres en la Academia», el subtítulo «Cartas inéditas de la Avellaneda» y un encabezado del que trataremos. Están dirigidas a persona cuyo nombre sustituyen dos XX, y el contenido manifiesta tus gestiones a fin de ingresar en la Academia Española.
Ya oigo que preguntas: «¿Y por qué sale hoy a luz una correspondencia que desde treinta y seis años hace amarilleaba en el fondo de un cofre o cajón?» a eso voy, Tula, y por eso te escribo. La oportunidad de exhibir semejante correspondencia consiste en que estos días se ha echado a volar otro nombre de mujer para cubrir la vacante de un sillón académico, y se ha vuelto a poner en tela de juicio la cuestión de si las mujeres pueden o no pueden ser admitidas en la Academia. Y el nombre que se ha pronunciado es el mío.
Al llegar a mis oídos los primeros rumores, formé ¡oh Tula! propósito de no chistar y de mantenerme ajena a todo cuanto ocurriese. La publicación de tus cartas me hizo mudar de parecer: al punto te diré la causa.
Por culpa de la malicia, que no duerme; por virtud de la lógica, que infiere de lo conocido lo desconocido; fundándose en la relación y trato que llevo con varios académicos de nota, mucha gente habrá supuesto –al leer en El Correo las cartas que descubren tus malogradas gestiones, y el encabezado donde se presume cuán amarguísimo desengaño debiste sufrir–, que algunas gestiones y desengaños parecidos me tocarían en suerte, y eso es lo que sazona con sal y pimienta de actualidad las rancias páginas de tu epistolario de postulante.
Me conviene, pues –señora y amiga, a pesar de la muerte–, aclarar este punto, que no sufre mi paciencia quedar ante el público en situación un tantico desairada, cuando, gracias al cielo, estoy en la más franca y airosa. No ha salido una palabra de mis labios, ni ha trazado una línea mi pluma en son de ruego tácito o explícito para que se me admita en la tertulia filológico-literaria de la calle de Valverde; ni siquiera me valí de aquellos medios y amaños conventuales que te atribuye un señor Vior en el encabezado de tus cartas, con objeto de satisfacer la natural curiosidad que inspiran los asuntos en que juega nuestro nombre. Si te digo que hasta hace pocas horas el Secretario de la Academia, D. Manuel Tamayo, con quien converso muy a menudo, no sabía mi opinión acerca del ingreso de mujeres en la Academia, comprenderás lo cauta que anduve aun en el capítulo de tanteos y exploración de voluntades, y lo cuidadosamente que evité hasta el olor de la intriga en un asunto en que la intriga parece estar como en su casa.
No le será dado a la posteridad leer una correspondencia mía análoga a la tuya que publica El Correo; pero a fin de evitar que la consabida malicia humana saque en limpio de esta afirmación que me atrevo a dirigirte una especie de cargo atribuyéndome cierta actitud digna y reservada que a ti te niego, me adelanto a disipar tan odiosa sospecha expresando algunos conceptos que te harán comprender por qué desde un principio me conduje de distinto modo que tú, y al par defiendo tu conducta.
En primer lugar, ilustre compañera, no hay sentimiento más noble que la convicción del propio valer, cuando se funda en verdaderos méritos; y al mostrarte persuadida de que los demás habían de reconocer tu gloria, todavía sentías mejor de los demás que de ti misma. Tú, poeta de alto vuelo y estro fogoso; tú, aplaudidísimo autor dramático; tú, hablista correcto y puro; tú, que en opinión de Alberto Lista supiste conciliar el genio con el respeto al idioma; tú, a quien Villemain contó entre los grandes líricos poniendo tu nombre al lado del de Heredia, no podías menos de considerarte incluida en el número de los académicos por derecho divino, y creer que esa sanción (o que debería serlo) del mérito literario era tan tuya como la ropa que vestías y el aire que respirabas, y que al extender la diestra hacia la rama del laurel artificial –tú que ceñías la sienes con el inmarchito árbol de Dafne– cuarenta manos se apresurarían a brindártelo gozosas. Reclamar lo que se ha ganado en buena lid no es desdoro, Tula, y bien podría yo jurar que el amarguísimo desengaño a que El Correo alude te habrá sido amargo, sí, por lo que siempre amarga a un alma generosa el espectáculo de la injusticia y la pequeñez; pero no admiten comparación tales amarguras ¡oh cantora del Niágara! con las hieles que masca a solas, en la inconsolable desesperación de su impotencia el poetastro o el autor chirle, seguro de que a las guirnaldas contrahechas de papel y talco que le regalan el favor y la intriga, no se mezclará nunca el ramo apolínico, trascendiendo a ambrosía celestial.
De aquel Patricio de la Escosura que tanta guerra te movió en el seno de la Academia, llamándose por fuera tu amigo; de aquel que puso por condición, para otorgarte su voto, «que entrases primero en quintas», ¿quién se acordaría hoy, Gertrudis, a no ser por la memoria de este, más que varonil, pueril amaño? Tú le salvas del olvido… como salvó Voltaire a Fréron y Horacio a Mevio.
Otra razón encuentro en abono de tus gestiones, Tula, y es la siguiente: ¡cómo va a sorprenderte lo que te afirmo, ya que probablemente desde esos campos deliciosos no has seguido observando los que en la Academia pasa! Cuando postulabas el sillón, vacante por muerte de don Juan Nicasio, el espíritu de la Docta Corporación era mucho menos hostil que hoy a las mujeres, y medio siglo antes tu pretensión tendría aun mayores probabilidades de éxito. Con hechos voy a demostrártelo.
La época en que España poseyó mayor número de mujeres sabias, acatando en ellas el sagrado derecho a la instrucción y el soberano don del entendimiento, fue la edad de oro de nuestras letras, los siglos XVI y XVII, que vieron alzarse en Cómpluto las cátedras de las doctoras y consagraron el renombre de la Latina. (¡Qué dichos tan graciosos les sugeriría a los Patricios de la Escosura actuales el ver reproducirse hoy este fenómeno de las centurias obscurantistas: una catedrática!) El respeto y equidad para la inteligencia femenina empieza a perderse durante nuestra lastimosa decadencia del siglo XVIII, y ya Feijoo se ven en el caso de escribir su famosa Defensa de las mujeres, refutando argumentos como el de los admirables físicos que atribuían a una insuficiencia o descuido de las fuerzas naturales el nacimiento de mujeres, pues la naturaleza, en no cogiéndola descuidada, siempre producía varones. No obstante, y a pesar de estos malos vientos que para nuestro sexo corrían, la Academia Española todavía no lo rechazaba de su seno, puesto que a 2 de noviembre de 1784 fue recibida como Académica honoraria la Marquesa de Guadalcázar, Doña Isidra de Guzmán.
Viene el siglo XIX echándolas de muy progresista, y, cumplida su primera mitad, pretendes tú el sillón. No lo alcanzas ni en propiedad ni honorario, y esto indica que lejos de ensancharse se había estrechado el criterio de la Academia, puesto que ni aun nominalmente y por fórmula consintió admitirte; pero al menos tienes en tu favor una minoría tan respetable, que casi iguala en número y calidad a la que no hace muchos días votó a un novelista preclaro en lucha con un catedrático del Instituto de San Isidro. A tu lado tuviste, según de tus cartas se desprende, al insigne Pacheco, honra de nuestro foro; a tu lado a Quintana (prez eterna para su memoria), Quintana, que calificaba de ridícula y poco digna la cuestión sobre la posibilidad de tu ingreso; ni faltó en tus filas el autor de Don Álvaro ni el de Los amantes de Teruel, ni mi dulce conterráneo Pastor Díaz, ni Mesonero Romanos, ni Roca de Togores. Con hueste tal bien hiciste en provocar la lucha; tu derrota fue espléndido triunfo, y si hoy resucitasen Quintana y Ángel Saavedra, o sintiesen como ellos los que siguen su huella literaria y yo me creyese tan digna como tú de ocasionar reñida lid, no sé, Gertrudis, si dominando mis instintos de orgullo a favor de una causa buena, hubiese practicado esas gestiones que en ti apruebo y juzgo señal de modestia y de ánimo benigno.
Y como sospecho que de esta carta no has podido deducir enteramente ni el estado de la cuestión, ni los móviles de mi criterio, ni mi dictamen sobre lo que tanto se discute, a saber, la importancia de un puesto académico en el día; como me dejo algún cabo suelto y me queda gran deseo de hablar contigo, y no quiero que fatigada se me huya tu sombra, volveré a evocarla en otra epístola; y mientras tanto, acuérdate de mí en los floridos bosquecillos donde la compañía de Virgilio, Safo, Byron y Heine te habrá hecho olvidar, sabe Dios desde cuándo, tu amarguísimo desengaño en la Academia Española.

                   Emilia Pardo Bazán.

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